Si tuviera que resumir en tres palabras al papa Juan Pablo II, serían: amor, valor e integridad. Amor a sus semejantes como vivencia genuina y eje central de las relaciones humanas predicado por Cristo; valor para decir lo que sentía y pensaba, sin importar las consecuencias; e integridad, de modo que siempre existió congruencia entre sus pensamientos y palabras con sus hechos, aun en los que nos parecen equivocados.
Me impresionó siempre la autenticidad de su fe en Cristo, que exudaba en todas sus actuaciones, no con la certeza del fanático, sino de quien viene bajando del monte donde se acaba de predicar el Sermón de la Montaña. De ahí la autenticidad de su amor -eje central de la doctrina de Cristo- de lo que se olvidan muchos que se dicen cristianos, en cuenta muchos prelados, y que es una emoción que se siente, se capta y se transmite y no una noción intelectual. De ahí, en unión con las otras dos cualidades señaladas, la enorme conmoción que provocó en toda la humanidad, creyentes o no creyentes o seguidores de otras religiones, porque el amor es un valor universal, que en el fondo de la conciencia siente aún el que no lo practica o procede en su contra.
Interferencia cultural. Su defensa de la dignidad individual y de la solidaridad entre los seres humanos, atacada en distintas formas por estructuras políticas o económicas, emana a mi juicio de esta vivencia del amor cristiano, aunque su tradicionalismo doctrinal y su fijación en las tiranías políticas, producto de su experiencia personal con el nazismo y el comunismo, le hicieran incurrir en errores de omisión. Si hubiese vivido las experiencias de monseñor Romero en El Salvador, habría comprendido mejor las formas primitivas de capitalismo salvaje que aquejan a grandes sectores en América Latina y habría renovado las prácticas y enseñanzas de la Iglesia en esta parte del mundo, tan importante para ella. Lo mismo respecto de las prácticas anticonceptivas, cuya ausencia es factor de miseria, inatacables lógicamente como interferencia en "lo natural" orgánico, cuando la medicina moderna y la cultura misma son también una interferencia cultural en "lo natural".
Porque en el amor, y la consiguiente eliminación del odio y la indiferencia en todas sus expresiones, está la esencia de la renovación del mundo. Quizás no sepamos entender este principio fundamental, o comprender cómo instrumentarlo en las estructuras económicas y sociales, pero es la clave para ello. Tan no lo entendemos, que incluso se ideologiza en teorías su opuesto, el egoísmo absoluto, aunque buscar el legítimo provecho personal sea válido, siempre que se respeten la justicia y los derechos de los demás. Lo que no es aceptable es entenderlo en la manera absoluta que lleva a las formas modernas del "capitalismo salvaje" que el extinto Papa tan fuertemente atacó.
La solución no estaba en los sistemas socialistas de producción, tal como creyó Marx y fracasó, sino en el capitalismo y la libertad de mercado, pero de acuerdo con nuevas formas que incorporen como obligadas reglas de juego el respeto a los derechos colectivos -como los del ambiente y otros valores- y a los derechos individuales y la dignidad humana, ahora extendido también a las relaciones entre las naciones y a la globalización en todas sus formas.
El gran reto. No es nada fácil un cambio tan fundamental de paradigma -lo que constituye el gran reto de nuestro tiempo-, pero es la única forma de incorporar la justicia y la eficiencia en las estructuras tradicionales que, basadas en una forma de la ley del más fuerte, no se pueden sustituir tampoco por otras formas de lo mismo, sin perjuicio de la libertad y de la eficiencia, tal como lo comprobó la amarga experiencia del comunismo. De ahí que solo quede su reingeniería. O esto, o una crisis global, ya que, a nivel planetario, las diferencias entre ricos y miserables también empiezan a reventar.
La universalidad del sentimiento generado por Juan Pablo II y la autoridad moral que logró con estas ideas muestra que ese es el camino apropiado y que las ideas simplistas del neoliberalismo extremo están equivocadas. Este es su gran legado cristológico, y el gran reto que nos plantea de vivir bajo nuevas formas esa fe y bajo el nuevo Dios del amor y no del castigo.