"En 1959, con la llegada de Fidel Castro al poder, cruzó por la región una intensa oleada de mesianismo revolucionario"
Cuatro paradigmas
1989 es recordado como el año milagroso de la Revolución de Terciopelo en Praga, la caída del Muro de Berlín, el fin de la Guerra Fría, la liberación de la Europa del Este. Merecería ser recordado también por un milagro menos ruidoso y dramático, pero igualmente esperanzador: en ese mismo año y en el otro extremo de Occidente, como fichas de dominó que de pronto se ponen de pie, la mayoría de los países de América Latina terminaban por elegir la libertad política y económica. El tránsito se dio sin violencia: como un voto deliberado, responsable y consciente por la madurez.
Tradicionalmente, la vida latinoamericana se ha caracterizado por la persistencia de cuatro paradigmas históricos que en 1989 entraron en la fase final de una crisis confluyente: el militarismo, el marxismo revolucionario y académico, el caudillismo populista y la economía cerrada. Hace apenas cuarenta años, la región parecía estacionada en el trasfondo tiránico del siglo XIX. En 1950, según observaciones de Daniel Cosío Villegas, de los veinte países que forman América Latina siete (Nicaragua, Venezuela, Brasil, Argentina, Perú, Colombia y la República Dominicana) "vivían bajo un régimen tiránico indudable"; nueve (El Salvador, Honduras, Costa Rica, Panamá, Paraguay, Bolivia, Chile, Ecuador y Haití) transitaban por una situación política precaria. Y solo cuatro naciones (México, Guatemala, Cuba y Uruguay) vivían a flote pero no inmunes a la tiranía, el más tradicional de los males políticos latinoamericanos. América Latina seguiría siendo, por antonomasia, la tierra de los dictadores.
Una sucesión de "gorilas", apoyados en la mayoría de los casos por los Estados Unidos, confundían sus países con su patrimonio personal. El fenómeno siguió, sin solución de continuidad, hasta principios de los noventa, cuando cerraron su ciclo dos de las tiranías más ominosas de la historia latinoamericana: la del general Stroessner y la de Augusto Pinochet.
En 1959, con la llegada de Fidel Castro al poder, cruzó por la región una intensa oleada de mesianismo revolucionario. En un principio derechas e izquierdas, liberales y conservadores vieron en Cuba una aurora de la vida latinoamericana, la promesa histórica de Bolívar y Martí, la profecía cumplida de Marx en el trópico. Aunque el prestigio de Castro se fue desvaneciendo con el tiempo, en América Latina dos generaciones universitarias -la de los coetáneos de Castro y la de sus hijos intelectuales y políticos- quedarían marcadas por la experiencia y buscarían imitarla incesantemente. Muy pocos recordaban, o conocían siquiera, la verdad detrás del muro ideológico -más grueso que el de Berlín- que separaba a Occidente de los países socialistas: los millones de campesinos sacrificados durante la colectivización, los campos de concentración, el Estado policiaco, el fracaso económico. Ni siquiera el ahogo de la Revolución Húngara en 1956 y el de la Primavera de Praga en 1968 alentaban dudas mayores. Desde Magallanes hasta el Río Bravo, en la década de los setenta muchos jóvenes admiradores del Ché, Trotsky y Mao se sumaron a la guerrilla urbana o rural. En algunos países (Argentina, Uruguay), este proceso de radicalización violenta despertó a los dictadores, que retomaron el poder, desplazando en ocasiones a gobiernos democráticos. Lo mismo ocurrió en Chile, el único caso en que la izquierda llegó al poder por la vía democrática. La generación radical fue sacrificada en el asesinato, la tortura o el exilio. Sólo triunfó en un país: Nicaragua. En sus ideas y actitudes básicas, los comandantes se veían a sí mismos como émulos de Fidel Castro. Su país sería el "Segundo territorio libre de América Latina".
Un tercer paradigma reaparecía, fortalecido, durante los años setenta: el populismo. Uno se frotaba los ojos incrédulos ante el espectáculo frenético de la vuelta de Perón a Buenos Aires, pero era cierto: el país vivía fijo en el mito del justicialismo. Y mientras en Venezuela, Carlos Andrés Pérez ganaba campeonatos de retórica tercermundista, en México el presidente Luis Echeverría recorría el país repartiendo cheques con cargo a las generaciones futuras. Su sucesor, José López Portillo, dilapidó la inmensa riqueza petrolera en edificios faraónicos, proyectos y empleos improductivos, dejando al país en bancarrota. En solo doce años México contrajo una deuda de cerca de 70 billones de dólares.
El cuarto paradigma clásico de América Latina fue la economía cerrada. Como los otros tres, tiene profundos antecedentes en el pasado, y en particular en los tres siglos de dominación española. El ascenso de las ideas keynesianas y del Welfare State conformaron toda una ideología económica para la región, centrada en unos cuantos dogmas, como la sustitución de importaciones, el Estado interventor, gastador, empresario y regulador, una paridad sobrevaluada, entre otros. De acuerdo con este credo, no había que dejar las economías en la mano invisible de los mercados sino en la mano visible de los gobiernos.
Nuevas tendencias
De manera cada vez más perceptible, en el transcurso de los años ochenta y noventa los cuatro paradigmas se fueron deslavando. El militarismo se envió a sí mismo a un retiro casi voluntario. Unas veces por incompetencia o perplejidad frente a los problemas económicos y sociales de sus países, otras por obra de la presión democrática interna e internacional, los generales se volvieron anacrónicas piezas de museo. Ya son tema no de novelas dramáticas sino de farsas hollywoodenses. Salvo en el Medio Oriente (y más tarde en la antigua Yugoslavia), la guerra santa o mesiánica había pasado de moda, pero la mala noticia llegó a Nicaragua demasiado tarde. El comandante Daniel Ortega se dio cuenta de que el uniforme de campaña militar era contraproducente en una campaña electoral: provocaba miedo pero no votos. Quizá, por eso, en sus últimos días antes de la derrota, se le vio usando una camisa floreada.
El prestigio mesiánico de la Revolución Cubana se ha desvanecido por diversas causas. Tal vez la principal es el descrédito mundial de las revoluciones como palancas de justicia. La pacífica revolución de 1989 no glorificó a la madre de todas las revoluciones, la francesa de 1789. Por el contrario: fue sensible, como nunca antes, a sus costos humanos, ocultos por siglos detrás del romanticismo social. La crítica tenía que afectar a esos remedos de la Revolución Rusa que ocurrieron en China o Cuba. Otro factor no menos importante fue el despertar de los países de Europa Central. Inmersa en su propia revolución, la generación latinoamericana del 68 había pasado por alto la invasión a Checoeslovaquia, y diez años más tarde veía casi con indiferencia la guerra en Afganistán. Las cosas comenzaron a cambiar con la rebelión de "Solidaridad" en Polonia. Ahora eran los propios obreros -el sujeto mismo de la supuesta redención marxista- los que protestaban contra sus supuestos redentores. Al universo cerrado, idílico e ideal de la teoría marxista, llegaron malas noticias de la realidad. La sombra de duda y descrédito alcanzó incluso a Latinoamérica: el pueblo salvadoreño ignoró uno tras otro los llamados a la insurgencia general de los guerrilleros; el nicaragüense -cansado de la guerra, la escasez y los discursos- votó con y por el sentido común.
Junto con el retiro de los uniformes y el empolvamiento de las doctrinas de redentorismo marxista, el populismo caía también en el descrédito. Lula perdió las elecciones en Brasil. Saúl Ménem llegó al poder en Argentina por la doble vía de un proceso democrático y un programa populista, pero ya en la Casa Rosada desechó por entero la faceta económica del populismo y se quedó sólo con los gestos: jugaba futbol, corría coches deportivos, hablaba bonito. El populista mayor de los ochenta fue, sin duda, Alan García, cuyo caso es revelador de la velocidad con la que -en el contexto mundial de hoy- el populismo topa con límites económicos reales. En 1990, su partido, el APRA, obtuvo apenas un 16 por ciento de los votos.
El paradigma de la economía cerrada por la mano visible del Estado sufrió también un descrédito cuyo origen principal es, desde luego, su propio fracaso. No se puede ignorar, por otra parte, el éxito que, en comparación, ha tenido el modelo económico inverso: el desarrollo "hacia afuera" de los "dragones" del Este asiático que comenzaron su ciclo de desarrollo mucho después de América Latina, hace apenas tres décadas. Pero no es preciso ir tan lejos. Los buenos resultados de la terapia abierta en Chile son una lección palmaria. No es casual que casi toda la región esté optando, con diversas limitaciones y variantes, por poner sus economías en la mano invisible del mercado.
El fracaso o agotamiento de los cuatro paradigmas es el resorte principal del cambio latinoamericano, pero no el único: está también el prestigio positivo de la democracia y la libertad económica. La transición democrática española y la adopción de un programa económico abierto por parte de su gobierno socialista tuvieron, sin duda, un efecto ejemplar desde finales de los setenta. Pero más allá de las influencias y las teorías, fueron elocuentes las fotos de los votantes en Chile y Nicaragua, en Argentina y El Salvador. Se trataba de un voto continental por un arreglo político que asegurase la transición estable y legal del poder, por una economía normal de mercado en la que el Estado sea un promotor eficaz e imaginativo de justicia y bienestar, no un monstruo burocrático, frío e improductivo. Sólo Fidel Castro, en su isla, quedaba como emblema que sintetizaba los cuatro paradigmas de atraso latinoamericano: uniforme verde olivo, fotos de Lenin y Marx, discursos interminables y economía estatizada. Fuera de ese triste vestigio del pasado, Latinoamérica ha tendido desde 1989 hacia el equilibrio, el realismo y la responsabilidad: hacia la madurez.
Vías de consolidación
Cuatro paradigmas debilitados, desacreditados, pero no vencidos. Aunque algunos países serán más susceptibles a recaer que otros, cabe imaginar que si el arreglo de madurez persiste hasta el año 2000, Latinoamérica entrará en el siglo XXI con gobiernos más respetuosos de la libertad y la ley, y sociedades menos desiguales, más prósperas y alertas.
La primera condición para consolidar la madurez está en el respeto escrupuloso a las reglas de la vida democrática. Se habló mucho del éxito económico de Chile bajo la dictadura de Pinochet. No faltaban adeptos de la tesis de que la libertad económica puede coexistir con la dictadura. La derrota plesbiscitaria de Pinochet y el ascenso del democristiano Alwin y posteriormente de Frei, mostró que los chilenos ven la libertad política como un fin en sí mismo. Con el tiempo y una mejor perspectiva se verá que fue la centenaria madurez política de Chile la que soportó dos decenios de caos y dictadura y propició, en el fondo, el desarrollo económico.
La consolidación de la nueva política económica latinoamericana requiere tiempo y perseverancia. Los experimentos de populismo financiero tuvieron largos decenios para probar su ineficacia. El nuevo tratamiento tiene un lustro apenas, y muestra ya sus beneficios. En todo caso, merece tiempo de maduración. Pero además del imprescindible orden macroeconómico (presupuestos equilibrados, paridades realistas, consolidación de la deuda, precios competitivos, etc.), Latinoamérica necesita una revolución microeconómica. Hasta ahora solo dos profetas se han adelantado a su tiempo: el peruano Hernando de Soto y el mexicano Gabriel Zaid. Las originales ideas de De Soto sobre la economía informal son más conocidas que las del crítico mexicano que desde 1973, en varios libros y ensayos, ha propuesto lo que llama un "cambio copernicano" para nuestros países: propiciar una oferta de bienes de producción barata y pertinente para los pobres. Según Zaid, nuestros bloqueos culturales de universitarios, citadinos, modernos nos impiden reconocer y respetar, en sus propios términos, la vida y la cultura campesina. Por eso no podemos ayudarla, por eso buscamos una imposible igualación por vía del empleo, en vez de intentar la vía inversa: por el autoempleo. De Soto y Zaid creen que la salida para sus países -y, por extensión, para toda Latinoamérica- está en la proliferación de pequeños propietarios independientes.
Latinoamérica ha ganado todos los concursos históricos en la elaboración de sus constituciones. Entre más caótico es un país, mayor su gusto por las cartas magnas. (¿Saben ustedes cual es el país que se ha dado a sí mismo más de cien constituciones? Fallaron, es Haití). Como es obvio, esta fiebre legislativa no es sino indicio del desamparo del ciudadano frente a la autoridad. Entre el Estado y el ciudadano no hay, por lo general, cuerpos jurídicos suficientemente sólidos, respetados e independientes. Una de las vías de consolidación más urgentes para la región está en la modificación de los sistemas legales hacia modelos francamente sajones de procuración de justicia.
Estos y otros cambios serían más factibles de lo que son si en estos países existieran voces de disidencia intelectual opuestas al estatismo (doctrina partidaria del Estado y de lo estático). Pero un fenómeno crucial es que en estos países la intelligentsia es antiliberal y continúa siendo partidaria de al menos tres de los cuatro paradigmas de estancamiento. Son enemigos decididos de los gorilas de derecha pero no han visto mal a Castro, los sandinistas y, recientemente, al subcomandante Marcos. Su propensión a la ideología los vuelve impermeables a la argumentación científica. Después de 1989, no se sienten demasiado obligados a poner en entredicho creencias fundamentales como el rechazo a la propiedad privada -salvo la de ellos- o la fe en el Estado, que por lo general los subsidia. Para ellos el fracaso del "socialismo real" marca el triunfo del "socialismo ideal". Su antinorteamericanismo los ciega. No practican la guerrilla urbana pero sí la guerrilla verbal en cátedras universitarias, páginas periodísticas, conferencias o charlas de café. En algunos países, su presencia en el aparato cultural (libros, revistas, periódicos, radio, universidades) es todavía predominante. Muy pocos, entre ellos, abogarían por la instauración de un régimen comunista, pero el populismo político y económico -la implantación de los dos últimos paradigmas- es su objetivo claro. Quien los ha visto de cerca, ha leído sus sermones o escuchado sus homilías, no puede dejar de pensar que el último marxista del planeta no morirá en la URSS, sino en una universidad de América Latina.
Frente a esta formación burocrática-religiosa-social se necesita nada menos que una Reforma de la Inteligencia. Mientras ocurre los gobiernos y las sociedades civiles harían bien en propiciar la mayor apertura hacia Occidente en la producción y circulación de ideas. Las librerías de América Latina son un desastre. Grandes tradiciones intelectuales y grandes industrias editoriales, como la Argentina, se han perdido en décadas de simplificación ideológica y populismo.
Igual que en Europa del Este, la Iglesia, que ha jugado un papel objetivamente liberador tanto en Chile como en Nicaragua, podría aprovechar también el prestigio casi intocado -como de santuario o reserva del catolicismo- que goza en América Latina. Es urgente, pero no sencillo, que recobre ciertas raíces liberales.
El cuadro actual
A partir de una ponderación impresionista sobre el papel que en cada país juegan los viejos paradigmas y las nuevas tendencias, cabe arriesgar una profecía para el siglo XXI. Los países con mayor posibilidad de consolidación serían aquellos que combinasen una antigua tradición democrática -ahora continuada o retomada- con una política económica abierta y sensata. Chile, Uruguay, Costa Rica, Argentina estarían en este caso. Bolivia, con su exitoso plan de estabilización y su Acuerdo Nacional Democrático calificaría también, aunque en otro nivel, lo mismo que Venezuela y también Colombia, si no fuese porque a esta la desvela una pesadilla más grave que los cuatro paradigmas: la droga y su secuela de violencia.
En una zona política gris están varios países cuyo problema es la gravitación más o menos reciente de la mano dura de derecha: Haití, Honduras, Ecuador, Paraguay, República Dominicana, Panamá, Perú. Este último ha mostrado avances sorprendentes en su economía merced a las reformas liberales de Fujimori, pero la permanencia indefinida de este Porfirio Díaz peruano podría causar trastornos futuros al país andino. En el otro extremo, pero en la misma zona gris de incertidumbre histórica, están Nicaragua y El Salvador. Ambos parecen haberse purgado del paradigma marxista y aunque una vuelta de los sandinistas no es impensable. Ante el fin del comunismo no podrían blandir el programa que los llevó a la derrota. Por lo que hace a El Salvador, no deja de ser curioso -si no fuera patético- que muchos feroces exguerrilleros hayan terminado por convertirse en prósperos empresarios. (Por lo visto, la guerrilla ha resultado una buena plataforma para transitar del marxismo al capitalismo). La improbable recaída de cualquiera de estos países en los viejos paradigmas, difícilmente tendría consecuencias regionales o continentales. Algo muy distinto ocurriría si la reversión ocurriera en Brasil o México. Los dos tienen como denominador común una fuerte presencia populista. Lula sigue presentando una oposición visible al gobierno de Cardoso, que sin embargo goza de una doble bendición: popularidad y legitimidad. El caso de México parece en este momento más complejo.
Por mucho tiempo, México se engañó a sí mismo y engañó al mundo presentando su sistema político como un invento genial que sin renunciar a la libertad propiciaba la justicia social. Tan generalizado fue el hechizo, que muchos académicos norteamericanos y hasta algunos políticos africanos viajaron a México para analizar con lupa el supuesto "milagro mexicano". Es verdad que entre 1940 y 1968, el país creció al 6 por ciento con estabilidad política y paz social, pero no faltaron voces disidentes que hicieron ver a tiempo las llagas del sistema, su carácter de experimento temporal. El progreso material era real pero frágil, porque se fincaba en un atraso político evidente: el país estaba bajo la tutela, a veces paternal otras sangrienta, de un presidente rey y un partido de Estado que adulteraba todos los pasos del proceso electoral. Según la Constitución, México era una República Representativa Democrática Federal. En la realidad, era (y, hasta cierto punto, sigue siendo) una Monarquía Absoluta Sexenal y Centralista.
La matanza de estudiantes en la plaza de Tlatelolco en 1968 fue una señal evidente de que el sistema político mexicano, como todo monopolio de poder, no era inmune a la tentación totalitaria. Era urgente abrirlo a la competencia política interna. Por desgracia, a partir de 1970 el régimen tomó la ruta inversa: con cargo a la deuda externa y a la riqueza petrolera (es decir, con cargo a las generaciones futuras) quiso incorporar a todo el país dentro del sistema y lo que logró fue perder las décadas de progreso material y precipitar la bancarrota.
Carlos Salinas de Gortari tuvo la última oportunidad de abrir el sistema civilizadamente. Tenía todo el prestigio interno e internacional para hacerlo. Su opción fue la más desastrosa: no solo apostó por la imposible continuidad sino que, rompiendo la regla de oro del propio sistema: quiso apoderarse de él. Fue el hombre que quiso ser rey. Por eso nombró sucesor al desventurado Luis Donaldo Colosio, que era su hijo político y le debía todo. Los capos de la Mafia priísta (no es otra cosa) advirtieron la maniobra de reelección por interposita persona y muy probablemente ejecutaron. Para entonces, además de la guerra civil dentro del sistema, un gran desafío había puesto en jaque a la vieja fortaleza del PRI: el movimiento zapatista.
El acoso externo al sistema y su quiebra interna pueden llevar a desenlaces terribles: un resurgimiento populista que intente cerrar la economía del país provocando una hiperinflación y la emigración aún más intensa hacia los Estados Unidos no sólo enfrentaría al país con su poderoso vecino sino que podría revivir el militarismo, que México dejó atrás en 1940. El riesgo es real, pero los hechos recientes y el encuadre mundial democrático en que México no puede menos que moverse hacen concebir esperanzas de un desenlace positivo. En México hoy por hoy, la prensa es libre, los partidos de oposición ganan día a día más espacios y el convencimiento sobre la quiebra del PRI es cada vez más generalizado. 1997, año de las elecciones intermedias, puede ser el momento histórico en que el PRI pierda la mayoría del Congreso y se dé, de hecho, la alternancia del poder. México comenzaría de verdad a ser (no a simular ser) una república representativa democrática y federal. De ocurrir, ese desenlace feliz, el régimen de partido de Estado más viejo del mundo habría dejado de existir. México dejaría de ser una isla en la historia.
Solo una isla histórica y geográfica quedaría rezagada en nuestro continente. Me refiero, claro, a Cuba. Fidel Castro, el mayor prestidigitador ideológico de nuestro tiempo, ha querido hacer creer a las masas que lo corean dentro y fuera de su isla-bunker, que su modelo socialista para Cuba no tiene paralelos con el estalinismo.
La verdad es muy distinta. El régimen de Castro se ajusta de manera ortodoxa a los cánones estalinistas. En lo económico hay una planificación central excluyente y exclusiva, acompañada de movilizaciones humanas compulsivas, no muy ajenas a la servidumbre. En lo político hay un partido único que expropia la voluntad popular, una casta burocrática que expropia al partido único y un dictador que los expropia a todos. El culto a la personalidad de Stalin palidece junto a las consignas idolátricas del Comandante. En Cuba no existe libertad de reunión, pensamiento, expresión, movimiento y, por supuesto, de disensión política. Castro es omnipresente y todopoderoso. No hay más regla que la suya. Ningún dictador en nuestros países había llegado a esos extremos y la razón es sencilla: Castro (como ha señalado Octavio Paz) es el único dictador en la historia latinoamericana que ha volteado la espalda a la legitimidad democrática para adoptar una legitimidad opuesta: la marxista-leninista.
Los pueblos que vivieron casi todo el siglo sometidos al yugo comunista han comenzado a ver de frente a su pasado. Los cubanos no. Aún no. Muchos viven a ciegas, arrastrando destinos miserables, neolíticos, pero asidos a la idolatría del caudillo, del macho, del hombre providencial que les prometió el paraíso terrenal y les ha dado en cambio -aunque muchos no lo sepan- una prisión. La retórica ideológica es un instrumento clave de Fidel: repite mil veces la mentira, se emborracha diariamente en la mentira, hasta que la mentira, en oídos cansados, vencidos, parece verdad. "Comandante, ordene", rezan los muros de su isla-hacienda, de su isla-plantación, de su isla privada. El castrismo morirá en Cuba. La isla despertará a la conciencia de su terrible historia. Cuarenta años perdidos, desperdiciados, regalados a la voluntad de un hombre enloquecido de soberbia ideológica. Llegará el momento de exhumar los cadáveres de la verdad y los cadáveres de verdad. Dolerán más que la miseria y la necesidad. Cuando eso ocurra, muchos intelectuales latinoamericanos descubrirán, para su vergüenza, en qué grado el régimen que apoyaron hasta la ignominia tenía las manos manchadas de sangre. Esa sangre los manchará a ellos hasta el final de sus días.
Moraleja
Por fortuna, el horizonte general de América Latina es distinto y apunta hacia la libertad. Si los generales persisten en su sano retiro, solo queda una sombra en el futuro de Latinoamérica: la reaparición del liderazgo populista. El secreto del populismo es tan antiguo como la demagogia: diferir, desviar, confundir el juicio de la sociedad sobre el gobierno. La explotación sentimental de la ignorancia popular es la eterna salida fácil. Pero a estas alturas del siglo XX, cerrar las economías de estos países y restar libertad a su vida política no significa perder algunos años: significa perder el futuro. Para prevenir esta recurrencia populista, para dejar definitivamente atrás los paradigmas del enclaustramiento, el recelo y la opresión, América Latina cuenta con varios ejemplos iluminadores. Pero acaso el faro mayor es este país hospitalario, Costa Rica, que ha sabido extraer de la historia la moraleja mayor de no permitir que el avance económico vaya a la zaga del progreso político. No todos los momentos de su pasado han sido felices, pero frente a las desventuras anárquicas o dictatoriales del continente ha sabido guiar su marcha con una dosis admirable de prudencia y sabiduría. Esta fe probada en la libertad, esta lección permanente de convivencia civilizada, le ha ganado lo más importante que un país -igual que una persona- puede tener: el respeto moral de los demás. Los mexicanos que creemos en un futuro de libertad política plena para nuestro país miramos hacia el horizonte y vemos con esperanza a Costa Rica, patria de la democracia sin adjetivos.
"Los mexicanos que creemos en un futuro de libertad política plena para nuestro país miramos hacia el horizonte y vemos con esperanza a Costa Rica, patria de la democracia sin adjetivos."