Puede que se considere que soy igualado o irrespetuoso -cualquiera de los dos extremos cabría- que yo trate a Don Alfonso X, llamado El Sabio, Rey de Castilla y León por solo su nombre. La explicación está en que tengo grandes afinidades con él, que se transparentan en su amor a la Virgen María, que logró plasmar en una gran serie de bellísimas canciones -música y letra del monarca- y que llamó "Cantigas de Nuestra Señora".
Nació Alfonso en Toledo, el 23 de noviembre de 1221. Fue educado por unos nobles: Garci Fernández y Mayor Arias, en dos pueblos primordialmente: Villadelmiro y Celada del Camino. A los dieciséis años anda ya en guerras contra moros, ayudando a su padre, Fernando III el Santo, en correrías por Andalucía. No quiso casarse con dos novias que tuvo oficiales, sino que lo hizo con la de su escogencia: Doña Violante de Aragón, hija de Jaime el Conquistador.
Por ser hijo de Beatriz de Suabia, tuvo ideas imperiales. Algunas repúblicas italianas acogieron esas ideas suyas y fue proclamado en 1257, Rey de los Romanos, por el Arzobispo de Treveris, en nombre de varios electores de Alemania. Sin embargo, se coronó a Rodolfo de Habsburgo y el rey español perdió la partida. Y comenzaron sus tristezas. Al morir su hijo mayor, las Cortes de Segovia escogieron a su segundo hijo, Don Sancho, como presunto heredero de la corona, en perjuicio de los Infantes de la Cerda. Se encendió la guerra civil, los moros quemaron en Tarifa la flota castellana, y los franceses, entrando por Navarra, se apoderaron de Pamplona. A pesar de tanto mal, prosiguió la guerra contra su hijo y murió de pena y dolor, en 1284, cuando le dieron la falsa noticia de la muerte de ese hijo rebelde.
De su escribanía salieron obras monumentales, de historia (Primera Crónica General y General Grand Estoria), los libros de astronomía, El Lapidario (Alquimia y sobre las piedras preciosas), los libros sobre ajedrez, dados y tablas y, dos obras más, ellas monumentales: Las Siete Partidas es uno de los esfuerzos legislativos más completos de toda la Edad Media, pero como tenían un sentido centralista, costó ponerlas en vigor en esa época de señores feudales. Regula todo el reino, la iglesia, los reyes, la justicia, las relaciones entre los hombres, la hacienda, los testamentos y los delitos. Es una enciclopedia en que, a través de las leyes, se trata de todas las relaciones humanas. Como un detalle curioso: las iniciales de los prólogos de cada Partida forman el nombre del Rey. Entre nosotros estuvieron vigentes hasta 1841, con la promulgación del Código General de Carrillo.
Pero, dediquémonos a las Cantigas. El proceso de buscar, editar, copiar e ilustrar las Cantigas de Santa María, fue uno de los proyectos del Rey más exitosos: cubrió una cantidad grande de historias de milagros de la Virgen (cantigas de miragre) agrupadas en conjunto de diez (en cada una de las décimas cantigas del grupo un canto es alabanza de la Virgen milagrosa se encuentra y se llama cantigas de loor); escritos en el cortesano galaico-portugués los versos se acomodan a melodías que provienen de muchas fuentes, y en las colecciones abundan las miniaturas que ilustran una gran variedad de situaciones contemporáneas del Rey. Los músicos del Rey eran en realidad minstrels profesionales que en algunos casos se les juntaban nobles amateurs para crear un atardecer musical o un rato de devoción.
Ahora es difícil, dada la cantidad de cantigas que sobrepasan las 400, ver como era la vida musical de la corte de Alfonso, aunque debe haber sido sofisticada y cosmopolita, disfrutando de los últimos frutos de los trovadores cortesanos de la tradición del langue d'oc, como también de las nuevas ideas y sonidos de los clérigos músicos que estaban en contacto con la corriente cultural francesa. El elevado status de estos músicos y poetas garantizaba una documentación escrita con lo cual nos permiten oír sus voces a través de la notación. La otra fuente de Alfonso era oral, provenía de antiquísimas fuentes, que nunca se habían escrito, pero que los minstrels profesionales del Rey se dedicaron a catalogar, con lo cual se salvaron gran cantidad de danzas instrumentales sacras, llamadas virolais y que son preciosas.
Tres veces en mi vida he visto bailar virolais, sin artificios escénicos y como son, nacidos en el pueblo y del corazón, para reverenciar a la Virgen María, en las puertas de sus iglesias (frente a la Catedral de Valencia, en el presbiterio de una iglesita románica de un pueblecito que podría haber sido el azorinesco Riofrio de Avila y en la adoquinada plaza del Monasterio de Montserrat). Los coloridos vestidos, las blancas y bordadas tocas, revoloteaban en el aire y todo era una constelación envolvente de ropas de colores violentos, sobre sobrios negros, medias blancas y alpargatas o botas, y pies y piernas ligeros que apenas pisaban en sus saltos el suelo.
La Virgen románica que los veía desde el altar o en el trono del presbiterio, sonreía muy complacida y acariciaba al Niño. Y María sonreía, ante los bailes y cantos de los devotos, ¿por qué no? Cuando oigo al Rey poeta y músico, en la tranquilidad nocturna y penumbrosa de mi casa, una copia de la imagencita de María, la de los Angeles, de Cartago, parece que se complace también, y sonríe con cierta timidez mestiza, con los cantos alfonsinos hispánicos del siglo XIII, ¿por qué no?