La capacidad de desarrollo de las sociedades y grupos depende actualmente de su capacidad de gestión y organización. Europa y Japón fueron destruidos durante la Segunda Guerra Mundial, pero se recuperaron rápidamente, gracias a su capital humano y social. El Sha de Irán, en los años setentas, quiso aprovechar los altos precios del petróleo y compró una gran cantidad de industrias, listas para funcionar. Pero no se pudieron poner en marcha, a pesar de que se habían formado los técnicos en producción. Tuvieron que llegar del exterior especialistas en organización para hacerlo.
En los países desarrollados la capacidad de operar en organizaciones con división social del trabajo se aprende desde la escuela, en los Boy Scouts y Girl Guides, en la vida institucional y cívica cotidiana, en la práctica productiva o de servicios y hasta en las pandillas o en el ejército. La organización se toma como algo natural, como el aire. Por eso no se destaca, por separado, en el aprendizaje formal. Simplemente no se puede vivir en esas sociedades sin una formación básica en organización.
Parte de la cultura. Que en los países desarrollados no tengan en su sistema educativo formal o profesional actividades de capacitación en organización es comprensible, pues es parte de la cultura cívica y el capital social. Pero, que los países con menor desarrollo no nos hayamos dado cuenta de esta necesidad y no hayamos incorporado al sistema educativo la alfabetización organizacional como un requisito para el desarrollo ciudadano y productivo, es una omisión estratégica que debe superarse. Esto es particularmente importante en la actual transición hacia la sociedad posindustrial; la nueva tecnología exige gestión y organización participativas, tanto en las empresas como en el Estado, para tener capacidad de resolver, descentralizando las decisiones, la complejidad de los problemas contemporáneos. Formar el capital humano y social necesario para el siglo XXI exige esta capacidad de los ciudadanos y organizaciones como eje del cual depende el aprovechamiento de la formación profesional y técnica, incluyendo la informática y los idiomas.
La organización genera una nueva capacidad: la de transformar la realidad. Es un factor que da poder a las sociedades y grupos humanos; que permite a los grupos realizar tareas y alcanzar metas que estaban fuera de su alcance; que rompe con la dependencia y erosiona las relaciones clientelares, creando condiciones para el bienestar y el desarrollo de la democracia participativa y que crea condiciones objetivas y logros que elevan la autoestima de los individuos y de las naciones.
Por eso la capacitación en organización se debe ver como pilar de toda política social, especialmente el sistema educativo formal y profesional, pero también de aquella dirigida a superar la pobreza desarrollando las capacidades de los pobres. No hay promoción social sin desarrollo de las capacidades de la gente, si los grupos y comunidades no se hacen cargo de su propia gestión. El dar autoridad a la sociedad y la construcción de capacidades se produce en los procesos organizativos autónomos para realizar tareas que individualmente son insuperables. Cuando la gente se demuestra a sí misma lo que es capaz de hacer a través de la acción organizada.
Sin confusiones. Por eso importante que se le dé a la organización la importancia que tiene y sobre todo que no se la confunda con procesos instructivos de aula, o con actas constitutivas elaboradas para "cumplir" con metas institucionales. Que se entienda la organización como la red de relaciones que se establece entre los miembros de una organización o empresa para conseguir sus fines. Esto es como un instrumento vivo que hay que construir y ajustar en una práctica real y autónoma.
No nos engañemos con medidas parciales en las políticas educativas, no es suficiente conocer una segunda lengua o manejar programas de computación para alcanzar el desarrollo social y empresarial; tampoco se aprenden los valores, si no se practican. Sin la organización, no se articulan con facilidad ni las técnicas ni los valores en función del desarrollo; tampoco es posible aproximarse a las causas sistémicas de la pobreza y reorientar las políticas sociales.
En este sentido debe revisarse todo el sistema educativo, formal y no formal e incorporar a los esfuerzos de la sociedad civil: cámaras, sindicatos, asociaciones y ONG oportunidades para la alfabetización organizativa y la forja de valores en la sociedad. Existe instrumental de apoyo, tal como los laboratorios de organización, técnicas para el aprendizaje del pensamiento sistémico y la planificación estratégica, que podrían ayudar a articular una nueva estrategia educativa, que sería la ventaja comparativa más importante para ingresar al siglo XXI. Es preciso avanzar en la configuración de esta visión de futuro. Permanecer en el actual paradigma sería el verdadero error del milenio.