
Desde hace varios meses, vengo observando en redes sociales la intensa campaña que mantienen muchos alcaldes para promocionarse al amparo de las obras que realizan las municipalidades.
En videos difundidos por plataformas de los ayuntamientos y cuentas personales, he visto alcaldes portando cascos de construcción, empuñando pico y pala, cortando cintas o conversando con vecinos.
Póngales atención a estos clips. En la gran mayoría, los jerarcas aparecen mostrando mejoras en calles, aceras, alcantarillas, puentes, parques, salones comunales e instalaciones deportivas.
Se trata de un particular formato en que el alcalde no solo se apropia de la narrativa del mensaje, sino que también oficia como el “superstar” y gran portador de “buenas noticias”.
En realidad, a mí me parece muy bien que los gobiernos locales aprovechen los recursos tecnológicos para divulgar su labor y rendirle cuentas a la ciudadanía sobre el uso de sus impuestos.
No obstante, en este caso, el ejercicio se concentra en destacar solo aspectos positivos. En esos videos, usted verá muy pocas respuestas a cuestionamientos, obras fallidas o reclamos de la población.
La malicia indígena sugiere que detrás de esta estrategia de comunicación, podría haber un interés oculto: enaltecer la figura del alcalde o de su movimiento político.
Recordemos que las elecciones municipales serán en 2028 y que, aunque las justas parecen lejanas en el calendario, desde ya despiertan muchos intereses personales y partidarios.
Un indicador muy claro es la desbandada de 20 alcaldes hacia el chavismo en busca de una plataforma que, según sus cálculos, les permitiría buscar una reelección o proyectarse hacia el futuro.
Este reacomodo también evidencia el claro interés del oficialismo por fortalecer el control territorial, en especial en zonas costeras y rurales que le dieron un amplio apoyo en los anteriores comicios.
Contar con los caciques de las regiones, aquellos que conocen a las comunidades y tienen contacto directo con las bases, sin duda resulta estratégico mirando todavía más lejos: al 2030.
Lo anterior podría explicar por qué muchos alcaldes ya parecen estar en campaña abierta.
Claro, comenzar a posicionarse temprano podría ayudarles a destacar frente a eventuales adversarios y a cotizarse a título individual para que sus aspiraciones no dependan de una plataforma política específica.
Pero, mucho ojo, tal exposición también podría tener un efecto negativo al convertir a los alcaldes en la única cara visible de las pifias municipales, el blanco de los reclamos vecinales y el objetivo de los adversarios políticos.
A eso se exponen los jerarcas, sobre todo si los logros promocionados con pompa se quedan cortos frente a las problemáticas locales. Precisamente, sería bueno que el elector sopese logros versus pendientes cuando se tope con los videos de los “superstars”.
rmatute@nacion.com
Ronald Matute es jefe de Información de ‘La Nación’.
