Muy casualmente, el presidente venezolano Hugo Chávez ha salido a pasear al vecindario latinoamericano en las mismas fechas en que lo está haciendo su homólogo estadounidense George W. Bush. Dichas giras presentan asimetrías interesantes, que vale la pena analizar.
Pese a que Bush ha minimizado a Latinoamérica en la política exterior de EE. UU., parece retomar con este viaje parte de las alianzas que mantiene en el área: Brasil, Uruguay, Colombia, Guatemala y México, todos países de centro derecha y con mayor desarrollo relativo al de sus vecinos. Mientras tanto, Chávez sale a visitar países con una ideología de centro izquierda: Argentina, Bolivia, Nicaragua y Haití que, además de la ideología, comparten altos niveles de pobreza, achacada en el discurso de Chávez a las políticas neoliberales e imperialistas de la potencia, nunca ocasionada por corruptos gobernantes y tiranos disfrazados de presidentes como él.
Alianzas y chequera. Pero lo más interesante ha sido observar la actitud que cada uno ha adoptado. Mientras que Bush ha venido a crear alianzas comerciales estratégicas para el desarrollo de la región, que pueden impulsar las economías, incentivar el comercio y crear más empleos, Chávez ha sacado su enorme chequera y dispara dinero comprando conciencias.
Claro, cuando Bush dijo que pretende crear en Centroamérica una menor dependencia del petróleo, que proviene de Venezuela en su mayoría, estimulando la fabricación de combustibles no fósiles como el etanol y el biodiésel, Chávez salió a defender su nicho; intenta por todos los medios ponerse a la altura de Bush y tratar de ser su contrapeso en la región.
Enseñar a pescar. ¿De qué sirve salir de repente a repartir pescados? ¿No es acaso más provechoso enseñar a pescarlos? Lo que Chávez nunca sale a contar al barrio es que en su República Bolivariana de Venezuela, los índices de pobreza, desempleo e inflación se han disparado desde que él asumió la presidencia, y que se ha convertido en un “espantacapitales”; la inversión extranjera directa ha disminuido notablemente, llevando cada vez a más personas a la miseria porque, claro, es más fácil vender su discurso digno de las décadas de 1960 ó 1970 a los pobres, por lo que para él cuantos más haya, mejor.
La verdad es que este mano a mano solo lo ganará quien sepa con éxito insertar y no aislar a las economías locales en el mercado mundial, tal y como lo han hecho países como Irlanda; es cierto, se necesita mucha ayuda, económica y política, y principalmente, que esa ayuda se dirija con la cabeza y no con el hígado.