La debilidad cultural del costarricense se manifiesta en la importación de costumbres ajenas a nuestra tradición. La última calamidad cultural es la incorporación en nuestro lenguaje de formas de expresión políticamente apropiadas (traducción aproximada de politically correct). Así a los presos les dicen internos. A los ciegos, no videntes. A los tullidos, minusválidos. A los maestros, docentes. A las escuelas, centros educativos y, recientemente, a los empleados, colaboradores.
El cargo de conciencia de los estadounidenses, producto de más de un siglo de esclavitud, promovió el desarrollo de las expresiones políticamente apropiadas. Estas frases permiten referirse a temas incómodos presumiblemente sin ofender al grupo social a que se refieren. En realidad son formas utilizadas por los políticos -aquellos en constante busca de aprobación o votos- de fingir simpatía por una minoría. El negro se convirtió en afro-americano y los indios en gente nativa. Estas expresiones no son políticamente correctas -eso implicaría una verdad- pero sí son apropiadas para lograr el fin político.
Si la palabra exacta existe, no hay necesidad de recurrir al eufemismo. Peor aún, el uso del eufemismo demuestra más desdén que compasión o comprensión.
¿Y para qué? El ciego no va a ver más porque se le llame no vidente, ni el preso estará menos encerrado por decirle interno, ni el empleado mejor pagado porque ahora resulta colaborador.
Lo que se logra con las expresiones políticamente apropiadas es embelecar: engañar con artificios y falsas apariencias, presumir de consternado con la hipocresía del diplomático.
Los costarricenses no tenemos la conciencia tan negra. No hay necesidad de importar costumbres innecesarias aquí aunque sean imprescindibles allá. Aún podemos llamar a las cosas por su nombre, al pan pan y al vino vino.