Admiro la tecnología moderna, pero le tengo mi recelillo. Antes, todo nos venía de abajo; trabajábamos la tierra y esta nos daba el diario sustento. Ahora, todo nos viene de arriba; sembramos el espacio de satélites y estos nos deparan los frijolitos de cada día. Y, claro, jamás es lo mismo.
En la era del machete, del pico y de la pala, nos sentíamos agarrados a algo y con los pies bien puestos en el suelo, pero ahora, en la era virtual, en la que todo es y nada es, nos volvimos etéreos. De ser seres de carne y hueso, la informática, Internet y el mundo digital nos convirtieron en impulso eléctrico expuestos siempre a que alguien nos desconecte y… ¡adiós mis flores!
A diario vivimos pequeños ejemplos del caos en que nos sumiríamos si todo eso fallara. Como cuando llegamos a alguna oficina pública y tenemos que esperar horas, o volver al día siguiente, porque el “sistemita se cayó”. Un banco, una línea aérea, el comercio, uno mismo, lo que sea; si hoy día no se enchufa allá arriba, no está en nada. Somos la generación on . Y, como a un asteroide, viento solar o terrorista espacial se le ocurra alterar la red, pasamos de inmediato a generación delete .
Quizá con todo eso al alcance de nuestras manos, seamos hoy, incluso, menos libres. No me hace mucha gracia, por ejemplo, saberme en la base de datos de míster Bush. Tampoco en la de la Orden Mundial de Metrosexuales Apócrifos. Ni en ninguna. Siento que, por estar interconectado a todo, alguien siempre me está espiando. Por eso, ya hasta para rascarme la panza o sonarme la ñata en privado he adoptado cierto estilacho, no vaya a ser que me sorprendan allá en Kazakhistan, en las islas Fiji o en la Antártida –así de globalizada está la cosa– con el glamour en bata de dormir.
Estamos rodeados (más bien sitiados) por fibras ópticas y “autopistas” que nos permiten navegar a través de ríos de información. El otro día le pregunté aGoogle por mí y me salieron infidencias mías muy raras. Deben ser de otro “mae”. O mías en alguna vida anterior, pues ya solo eso nos falta: que averigüen nuestra transubstancialidad. Pero conmigo se friegan porque empecé mi vida con alma cero kilómetros.
En síntesis, desde que nos internetearon , somos, como sociedad, una banda ancha en el espectro. ¿La humanósfera? ¡Ya sabía yo que para algo iba a servir algún día el cielo! Hasta las lluvias modernas son de señales. Pero no me la juego. Por si algo sucede, seguiré teniendo en alguna parte de mi casa, como mi mejorbackup , y a mucha honra, el machete, el pico y la pala.