La gente me ha estado preguntando con cierta avidez en qué paró finalmente mi prueba de la maca, ese afrodisiaco utilizado por los incas para mantener la libido masculina a mil por hora.
¡No hay palabras! Por eso no me había querido referir a esa experiencia. ¡Sencillamente no hay palabras!
Ya hace más de una semana de eso y aún no me puedo sobreponer. No salgo de mi estupor. Jamás me había pasado nada igual.
Más que afrodisiaco, por el gran poder que emana de su vulva, la maca más bien parece un embrujo.
Ese viernes que me fui al Irazú a cosechar la maca para traerla a San José, todo estaba listo aquí con los parientes, amigos y conocidos para la gran prueba de fuego.
El plan era más o menos así: yo la traería a casa y cada interesado pasaría a recogerla para después, en forma íntima con su pareja, hacer el mejor uso posible del afrodisiaco.
Durante la tarde de ese viernes, unos se la comerían en bruto, así, al natural, sin revolverla con nada. Otros la dejarían para el día siguiente con la idea de comérsela al almuerzo en la ensalada.
Acto seguido, las parejas se mantendrían cada una concentrada en sus casas aguardando impacientemente la reacción para, tras disfrutar de su explosividad si alguna, hacer las observaciones del caso en un formulario especial sobre la intensidad de las sensaciones, duración del efecto y pulsaciones cardiacas.
Así las cosas, me fui tempranito ese viernes a arrancar la maca como quien arranca rábanos o cebolla, es decir, jalándola de las hojas, sacudiéndole un poco la tierra, y listo. ¡Hasta en eso es noble el tubérculo!
No obstante, cuando llegué arriba, noté al peón encargado de la siembra muy raro. Se veía desfigurado y con una mirada ausente, lento, sospechoso e incapaz de articular palabra.
Al verlo, mi reacción fue instintiva. Dije para mis adentros: "¡Este carajo se tiró la maca!"
No sabía qué, pero definitivamente algo pasaba. Entonces le di al peón un trago de ginebra que se bajó de un solo gargantazo, escupió fuerte al suelo como botando el torozón que le impedía hablar, y me confesó: "¡No ve que las taltuzas se comieron la maca!"
La noticia me golpeó, pero no me sorprendió. Ya había pasado con otros productos. Esos bichos, que son como ratas enormes que todo se lo comen, no habían dejado, efectivamente, ni las hojas: lo único fue su rastro de túneles bajo tierra donde arrasaron con la maca y parte del papal que también tengo sembrado.
En todo caso, como esa maca haya resultado buena, dentro de poco lo sabremos cuando se desate una plaga nacional de esos bichos.
Y como no me rindo muy fácil, en su lugar he sembrado ahora un árbol de secuoya que acabo de traer de California y que, si los roedores no disponen otra cosa, será testigo de la Costa Rica de los próximos tres mil años. (eespinoza@nacion.co.cr)