Tengo que contarles hoy la última de mi empleada nica.
Antes, quiero aclarar que cuento los cuentos de mi empleada nica como he contado siempre los de mis empleadas ticas, o como contaría también los de mis empleadas eslovacas, nórdicas o hawaianas si las tuviera.
Esto para que no me tachen de xenófobo. (Ojo: no confundir con senófobo, persona que siente odio, repugnancia y hostilidad hacia los pechos).
En cuanto a mí, nada que ver con eso de la senofobia. Es más chiva ser senoadicto, o "seniadicto" para los cultos.
Hechas las aclaraciones de rigor, procedo a echarme el cuento, con mucho de lamento, de la Cirse, jodido, una nica con una voluntad y espíritu de servicio a toda prueba, pero con cierta dificultad para dar recados.
Ese día, al llegar yo a mi casa, ella me entregó un apunte de su puño y letra con este mensaje telefónico: "Lo llamó una tal Ana. Le urge saber si siempre está de acuerdo con la cesárea".
Yo, que mientras leía el recado aprovechaba para pellizcar un pedazo de pan pelado en la cocina, caí de inmediato en estado DE "shock".
Al ver la palabra "cesárea", todo el pan -el que me estaba mascando y el que me había engullido- se me vino al hueco de la tráquea y me quedé, como diríamos los gringos, "breathless", o sea, sin respiración.
Por dicha solo la Cirse me vio la expresión. Bueno, me la vio y no me la vio porque, acostumbrada como está a las peores tragedias en su natal Nicarag,ita, le debe de haber parecido tan normal eso de la cesárea que cuando se me salieron los ojos de la congoja, ni siquiera me ofreció un café para que se me bajara el torozón.
Un hálito de lucidez, sin embargo, me permitió en ese instante decirme a mí mismo: "tranquilo Edguitar..., sin sofoques. Acordate de aquel libro 'Emotional Inteligence' que te medio leíste y que te enseña a tener control de tus emociones".
Ya un poco en mi lugar, incluidos los ojos, empecé a darle vueltas a la vaina esa de la cesárea y al enredo en que me estarían metiendo pues lo primero que se me vino a la mente fue lo de un embarazo mío a Ana. ¡A cuál Ana! ¡Cuándo¡ ¡Dónde! ¡Cómo!
Antes de que la tal Ana volviera a llamar, y por si las moscas, pues ahora están de moda los embarazos virtuales, llamé a algunas clínicas privadas para preguntar por el precio de las cesáreas, posibles descuentos y hasta facilidades de pago.
Creo que la Santa Rita me ofreció la mejor opción porque incluía café para las visitas con música de fondo. Eso sí, el primer chilindrín para el carajillo no entraba en el "combo" cesárico, ni las flores para la tal Ana. ¡Cómo han cambiado las cosas en este país!
¡JA! Pero me iluminé y dije para mis adentros: "nooo, debe de ser algún bromista vacilando con la embarazosa dimensión de mi barriga". En todo caso intenté llamar de nuevo a la Santa Rita para ver si por las cesáreas masculinas harían algún mejor quiebre en el precio, pero pronto me cayó la peseta de que ya eso no era un asunto de maternidad sino de, para decirlo en lenguaje bien tuyú, "reingeniería estético-correctiva abdominal", o sea y en dos platos, panzasucción.
Hasta que finalmente todo por dicha se aclaró cuando la tal Ana volvió a llamar y me dio el recado como era: "que si siempre estaba de acuerdo con la asesoría". Cuando le reclamé a la Cirse, ella solo atinó a decirme: "va, puej".