Mario Vargas Llosa es el hombre más histéricamente metódico del mundo: esté donde esté, siempre hace lo mismo.
En su casa, de viaje, truene o tiemble, todos los días se las arregla para escribir después de desayunar, caminar y leer los periódicos. ¡Dichoso!
Cuando está en su apartamento de Londres no hay mayor problema: símplemente se organiza para darse su vuelta de una hora, a paso rápido, por el Hide Park, regresar para el jugo de naranja, la fruta y las tostadas, y leer reposada y selectivamente las noticias del día.
A partir de ese instante, Mario desaparece en la soledad de su biblioteca a darle rienda suelta a su pluma, generalmente de las 9 de la mañana a las 2 de la tarde.
Esta ha sido su vida siempre, salvo cuando le dio la chifladura de aspirar a la presidencia del Perú con tan infaustos resultados para él y su mundo literario, y no sabemos si también para su país.
Por eso, poco después, cuando acabó ese frustrante episodio suyo que recordará hasta el último segundo de su vida, escribió Como pez en el agua , una obra más que para el público, para reencontrarse consigo mismo.
Cuando por alguna razón Mario no está en Londres, la primera condición que pone a Patricia, su mujer y gerenta, así como a quien lo invite a dar una conferencia o inaugurar algo, es esa: respetar su tiempo sagrado para escribir de las 9 de la mañana a las 2 de la tarde.
La nueva obra de Vargas Llosa, La fiesta del chivo, es producto de esa maniatica disciplina suya de consumirse a tiempo completo en su trabajo sin que nada ni nadie lo distraiga.
Y digo a tiempo completo porque después de las dos de la tarde, luego de una pausa para almorzar y airearse, acude a alguna biblioteca de Londres a estudiar el tema que más le provoque en ese momento.
Durante los últimos años, el tema que más lo flechó fue precisamente el que motivó La fiesta del chivo, y que investigó durante largas tardes bajo la espesa niebla londinense, o en República Dominicana, para averiguar hasta la última gota de horror del dictador Trujillo, sobre quien basa la obra.
Decía Carlos Fuentes, el otro gran autor latinoamericano, que no había mejor lugar para escribir que Londres, y es porque París o Roma, por citar solo dos, no son para escribir sino para tirarse a la calle.
La cosa es que mientras Mario escribía la novela, le pasaba algo que le pasa a casi todos los escritores: solo quería escribir la novela. Nada había que lo desestabilizara más que tener que interrumpirla para escribir, una vez por semana, ese artículo suyo “Piedra de toque” que le compra el diario El País, de España, y que aparece aquí en La Nación los domingos.
Recuerdo que a Gabriel García Márquez le pasaba igual cuando escribía El amor en los tiempos del cólera. Una vez a la semana tenía que sacar el rato para escribir, en medio de todos los diablos llevándoselo, una columna para varios periódicos, pues era como salirse de su reino de fábula para caer en la brutal cotidianidad de lo terrenal.
No es si no hasta en la tarde tarde o en la noche cuando, por fin, Mario se transforma y reincorpora al mundo de carne y hueso. A partir de esa hora, todo se vale en él: un whisky (cuando está con gente no pasa de uno), una carcajada, una cena, un piropo, un discursito, lo que sea...
Ese es Mario. Si en su casa se quema un bombillo, Patricia lo cambia. Si hay que espantar a los ladrones, Patricia se faja a tiros con ellos. Si se rompe el tubo de la cañería, Patricia de nuevo... Y todo porque Mario es simplemente eso, un presidiario de las letras.