
En esta época de grandes rigores dietéticos e ideas para vestir con cierta dignidad cuando se ha perdido la línea, yo creo tener el mejor y más económico sistema para administrar la ropa de uso diario según se esté flaco o gordo.
Cuando estoy flaco, que por lo general es nunca, agarro todos mis pantalones talla 36 y me los llevo a una casita que tengo allá por el volcán Irazú donde los empaco bien en una caja de cartón con bolitas de naftalina para que cojan olor a antepasado, y juro ante esta no volver a verlos jamás de los jamases.
En un ritual poco común, contemplo los pantalones como si fuera la última vez que los voy a ver y con cierto orgullo por haberme demostrado a mí mismo una gran fuerza de voluntad al haber adelgazado gracias a una dieta paciente y muy llena de fe, cierro la caja de cartón como se cierra un ataúd y la sepulto en el rincón más remoto que pueda.
De regreso a San José, desempaco los pantalones talla 32 y empiezo a reestrenarlos con gran emoción porque, a diferencia de los otros, son los que están siempre considerablemente más nuevos por una razón muy lógica: duro flaco mucho menos de lo que duro gordo.
Además, el estar más liviano daña menos la ropa por razones de peso, presión y sofoque. En cambio, de gordo la ropa sufre más por el restriegue, descosido y otros imponderables que lo obligan a uno a andar con ciertos cuidados al agacharse, estirarse o realizar ciertos movimientos.
Es un sistema parecido al de Estados Unidos y Europa donde se usa, según la ocasión, ropa de invierno y ropa de verano, solo que aquí con nombre diferente y alusivo a la situación física imperante: ropa de gordo y ropa de flaco.
Mi invierno de ropa flaca dura lo que dura una tajada de torta chilena enfrente mío. Lo llamo invierno porque el diluvio de tentaciones es bíblico e imposible de capear. Se trata de una breve temporada que generalmente transcurre, no sé por qué, de agosto a octubre y que, repito, aprovecho para ponerme ropa que jamás creí pudiera volver a usar.
Ya por ahí de noviembre, con los cómplices vientos de fin de año, las cosas se comienzan a complicar y poco a poco esos pantalones me comienzan a dejar. Llega el momento en que siendo 32, esos pantalones se estiran a un 36 ya estallable porque me resisto con todas mis fuerzas a admitir que ya estoy de nuevo en 36.
Sin embargo, llega un momento climático en que la tela del pantalón 32 definitivamente se rebela y tengo que salir volando a la casita del Irazú a desenterrar con urgencia los pantalones 36, estirados a 38, en un acto de desesperada resurrección.
Cuando los saco, despercudo y me los pongo otra vez, me siento tan bien como si fueran los de talla 32 que, en otro entierro más sentido y fúnebre, de inmediato pasan a ocupar el mismo nicho de los otros y así sucesivamente con la enormísima ventaja de que jamás tengo que comprar ropa, pues se trata de una moda hecha a la ingrata medida de los altibajos de la voluntad.