Ya el otro día lo conversé informalmente, entre tazas de café, con una psicóloga amiga: no tengo ningún futuro en la televisión por el curioso motivo de que detesto verme en pantalla.
De la misma manera involuntaria en que uno a veces no hace química con alguna persona, he descubierto, para mi sorpresa, que no hago química con mi yo televisado quizá debido a la alteración que sufro al atravesar la maraña electrónica antes de salir al aire.
Y no es que me sienta mejor o peor que el de la televisión, sino que no me siento yo; me siento otro, con otras mañas, otros teleles, y la verdad es que nada hay más grave en materia de autoimagen que tener un enemigo televisado dentro de uno mismo.
Debe ser por eso que nunca me he llevado bien con el sujeto que aparece caricaturizado en la parte superior de este espacio. Todavía no sé realmente por qué está aquí si en realidad no hace otra cosa que robar imagen, pues el que verdaderamente tiene que fregarse escribiendo soy yo.
El problema sería que, para las demás personas, el de la televisión sí sea yo. Digo que problema porque si tampoco hago química con ellos eso ya nada lo podrá remediar. Mi única esperanza sería que eso que llaman la magia de la televisión me disimule un poco el mal ángel para hacerme algo más tolerable. Pero hasta esa posibilidad creo estar perdiendo, porque si a los ojos del público mi yo televisado es igual a mi yo sin televisar, estaré frito.
Y para muestra un botón: el ingrato día que me pasaron un vídeo familiar en el que estaba toda la parentela almorzando en la playa, vi en la toma a una persona con la que no simpaticé mucho, y al preguntar quién era me dijeron a quemarropa que era yo.
Asumiendo que el de la televisión sea mi yo, como es probable lo sea, definitivamente no hacemos migas. Al del televisor le siento un algo que no me produce eso que ahora llaman empatía y que en ese medio es decisiva para llegar al público.
Ahora, si yo soy como soy fuera del televisor, ¡qué caray!, pues mientras no me vea no me voy a enterar de cómo realmente soy. No obstante, desde el momento en que, vía televisor, adquiero conciencia de quién soy, dejo de ser quien quiero ser.
Es entonces cuando me peleo conmigo mismo --como el gato frente al espejo-- y me reprocho no ser en la televisión como siempre he creído que soy fuera de ella. ¿Y quién dice que el yo que creo ser es más bajable que el yo televisado? Además, no hay que perder de vista que existe un tercer yo, que es el cómo la gente lo percibe a uno sin mediar la televisión. Ante esta situación, siempre termino preguntándome ¿quién realmente soy?
Yo podría responder que yo soy yo, pero si no me gusto en la televisión ¿quién carajo quiero ser entonces? El último consuelo que tengo es que si yo me caigo mal en televisión es porque así soy y se acabó, quizá a otros no les caiga tan peor y me soporten un poco.
Por eso es que yo quiero terminar agradeciéndoles a las personas que espero caerles bien, su generosidad por soportar a alguien que no tiene misericodia de sí mismo, así como también agradecerles a las que no les caigo bien por darme la razón.