Poco a poco, solapadamente y como quien no quiere la cosa, los chinos se nos están metiendo hasta en los calzoncillos.
Lo digo sin eufemismos: un amigo mío se compró en unos minisúper del Paseo de los Estudiantes media docena de calzoncillos made in China en mil colones, totalmente convencido de que los tendría que botar a la primera puesta. No obstante, y contra todos los pronósticos, le resultaron unos “todoterreno” capaces de soportar las inclemencias del uso, de los detergentes y de tanta injuria pues, un año más tarde, los sigue usando como el primer día. Bueno…, no como el primer día, pero ahí están todavía en plena vida útil cumpliendo con su deber al pie del cañón. (Aclaración obligada: los calzoncillos chinos no tienen la jareta horizontal como algunos creen).
Esta invasión china es mundial, y tan silenciosa como fulminante. Mientras el resto del planeta está concentrado en la teta de la Jackson, en los besos lésbicos de Madona, en los matrimonios gays y en las proezas militares de mister Bush, los chinos redoblan su presencia en el orbe con productos que van desde baratijas hasta la construcción de represas, sistemas de megatransporte, industrias, plantas atómicas, multimillonarias inversiones y una economía boyante. No contentos con eso, ya mandaron al espacio la primera señal de que también quieren poblar el Sistema Solar.
Entretanto, la chinalización de los ticos empezó hace tiempo por nuestra parte más vulnerable: la panza pues estamos tapados de restaurantes orientales. (Justo esta semana abrió otro en San Francisco de Dos Ríos). Posteriormente, ha sido la inundación de mercadería china, como juguetes, sombrillas, salsas, engrapadoras, tangas, botones, zapatos, ropa, peines, cortaúñas, adornos y demás chucherías. Para no citar las artes marciales ni la literatura de “autoayuda”. Hasta el propio Gobierno está sumido en el mayor confusionismo –perdón– confucionismo, a juzgar por los recientes discursos iluminados de don Abel. Es decir, lo chino nos está invadiendo por doquier, por lo que yo mismo, presa de sentimientos xenófobos irreprimibles, acabo de chapiar las “chinas” que tengo sembradas en el Irazú, y que estaban creciendo ya de manera altamente sospechosa, justo como yo hubiera querido que se reprodujera la maca que una ingrata vez se me comieron las taltuzas.
En fin, con lo fáciles que somos como consumidores, ya veo a los ticos dentro de poco repitiendo, con los chinos, el patrón gringo, o sea, atiborrando los vuelos a Pekín como antes lo hacían a Miami, solo que ahora a adquirir biombos, dragones, abanicos, budas, máscaras, bonsáis, sandalias y afrodisíacos para traerlos como, en su momento, lo hicieron desde el mall de Dadeland con las Reebok, los Casio G-Shock galácticos, los Tonka doble tracción, las Clinique para la arruga y un sobrecargado etcétera.
La cosa es estar a la moda, y la moda será China. Al fin y al cabo, no todos los días se estrena superpotencia, en la cual, sin duda, dejaremos también nuestra impronta de peloneros, mejengueros y dicharacheros. Y, de la misma manera que hemos convertido a Escazú en una réplica tropical de Miami, y ahora a Curridabat en una de la Quinta Avenida de Nueva York, con la nueva autopista a Caldera y el auge urbano hacia el oeste, Orotina bien se nos podría transformar en una suerte de “Shangai pura vida”. ¡No hay vuelta de hoja: es el turno de Oriente!