Acaba de suceder en Brasil, pero bien pudo ocurrir en cualquier otra parte: una perra callejera murió al salvar a un niño de un "pitbull".<
Como últimamente se han dicho en este periódico muchas cosas sobre los perros, aprovecho este episodio de Brasil para aclarar algunas de ellas.
La perra callejera y el "pitbull" representan en este caso dos extremos dramáticos del destino de esos animales: la indigencia de uno contra la fortaleza del otro; ambas, formas de maltrato detrás de las que, como gran responsable, se oculta el ser humano.
Ni los perros callejeros ni los "pitbulls" tienen culpa de su suerte: es el hombre el que, profanando su naturaleza, los agrede: en un caso, dañándolos; en el otro, manipulándolos.
Esa conducta humana deja como saldo una gran paradoja: mientras el perro callejero, es decir, el flagelado, le salva la vida al hombre (caso del niño brasileño), el "pitbull", objeto de la maquinación del amo, ataca al hombre.
Ya lo mencioné aquí hace poco: los animales y las plantas reaccionan fieles a su naturaleza y propician el debido equilibro para que esta funcione en armonía. Pero, es de nuevo el ser humano el que, con su actitud, corrompe el proceso y desencadena el caos.
¿Cuál es, entonces, el animal?
En síntesis, tanto el perro callejero como el "pitbull" son engendros de la agresividad humana en la que ambos sufren la violación de sus derechos.
Abandonar a un perro, maltratarlo, matarlo de hambre, dejarlo amarrado a la intemperie o tirarlo a la calle es lo mismo que alterar genéticamente su naturaleza, entrenarlo para matar, exacerbarle el instinto y utilizarlo irresponsablemente.
La naturaleza del perro no es ser violenta; la violenta es la naturaleza del hombre.
Prueba de ello son todos esos perros que ayudan a los no videntes, sordos, autistas y discapacitados en general; acompañan a las familias; cuidan la propiedad privada con dueños responsables; colaboran con la policía; rescatan gente durante las emergencias; sirven en terapias relajantes para personas con problemas de depresión, soledad y de tercera edad...
Todavía más conmovedor: muchos de los valores perdidos en los seres humanos se mantienen intactos en los perros, como fidelidad, sinceridad, amor incondicional, agradecimiento, lealtad, alegría pura, apoyo, compañía... Y todo esto, sin pedir ellos nada a cambio.
¿Por qué, entonces, no aprender de los animales para ser mejores seres humanos? Ya lo decía Gandhi: el nivel cultural de una nación se mide por el trato que da a sus animales.
De ahí que, si quiere tener un perro, esté seguro de que lo va a querer y a cuidar; si no, sencillamente no lo tenga y evite así dañarlo y hacerlo agresivo. Si sabe de alguno que es maltratado, abandonado o está enfermo sin dueño, tiéndale una mano llamando al 255-3757 de la Asociación Nacional Protectora de Animales.