Desde que este año quedé sordo del oído izquierdo, a todo el que se me ponga o me hable de ese lado le aplico, sin más remedio, la conocida fórmula figueresca, ligeramente modificada, del no oigo, no escucho, no entiendo.
Hace poco, en un vuelo de Washington a Nueva York en un ruidoso avión a hélice del tiempo de upa, me senté a la derecha de un señor muy simpático que apenas me vio me saludó y empezó a hablarme justo en el área del oído donde no oigo ni jeles.
Yo traté de interrumpirlo un momentico para saludarlo, disculparme y decirle que debido a mi sordera, al escándalo de los motores y al aire comprimido en mi oído bueno, no le oía, no le escuchaba y no le entendía, pero no paraba de hablar.
Era un señor más joven que yo con cara de comediante pero que, cuando las cosas se normalizaron en tierra, me enteré que era constructor de malls en Estados Unidos. Lo de comediante era porque su boca se descolgada del resto de la cara y le daba a aquella una independencia absoluta para poder deslenguarse con mucha facilidad.
La cosa es que parecía hablar tanto, tanto, que llegué a pensar si no sería más bien que no hablaba y que lo que quizá tendría era alguna deficiencia en el nervio facial que le producía en la boca un tic de abrirla y cerrarla continuamente. Pero no, el señor me miraba.
Pensé también si no sería que debido al vuelo se le taquearon los oídos y estaba tratando de descompresionarse bostezando o moviendo desesperado la mandíbula hacia arriba y abajo. Pero no, el señor me miraba.
Entonces, ante la imposibilidad de poder hablarle, opté por desentenderme de él y me puse a mirar largamente el paisaje aéreo y luego a echarme mis "cabeceaditas" sin reparar en mi vecino de asiento. Cuando al rato me repuse del sopor del sueño y lo miré, me seguía masticando, es decir, hablándome exactamente como al principio. Yo dije, está loco.
Seguí mirando para el lado contrario hasta que él me tocó en el brazo, lo volví a ver y ya había parado de mandibulear. Entonces, aproveché para decirle que mucho gusto, que yo era fulano de tal, que trabajaba en tal cosa, que era de tal lugar y que me disculpara porque no oía nada de ese lado.
Noté que el señor me miraba muy raro y trataba de decirme algo pero yo, queriéndome sacar el clavo, no lo dejé y seguí hablándole porque también tenía mi derecho a hablar tanto como él lo había hecho sin darme ocasión de hablar a mí. También me debe haber visto con la mandíbula descolgada.
No obstante, para mi sorpresa, en determinado momento el señor sacó un papel y lapicero y me escribió en inglés un papelito en el que me decía lo siguiente: Lo siento, no le oigo absolutamente nada porque soy sordo de ese lado. ¡Qué señor más inteligente¡ A mí no se me ocurrió hacer lo mismo.
Entonces, en el mismo papelito le anoté: ¡Qué pena! Fíjese que yo tampoco. Y le agregué: si le parece, cambiamos de posición. Y me respondió: no podemos; estamos aterrizando.
Ya en tierra, me contó que su sordera era genética, y yo que la mía era accidental hasta concluir ambos en que un poco de sordera no caía mal en estos tiempos en que para lo que hay que oír, con un oído basta y sobra.