Me da la impresión de que a la hora de calificar a los restaurantes, Escargot está siendo demasiado indulgente al tomar más en consideración la calidad del menú que del servicio.
A pesar de que la comida de los locales a los que les ha otorgado un buen tenedoraje es, en general, bastante aceptable, son contados con las puntas de un tenedor los que merecerían una buena nota si se tomara en cuenta su clase y atención.
He visitado restaurantes muy poco tiempo después de que Escargot les ha conferido una alta calificación y, confieso, algunos me han decepcionado tanto en la comida como en el servicio, a pesar de ser yo uno de esos que se quedan felices y contentos con unas papas con chorizo del mercado.
No me voy a referir en detalle a la calidad del menú de esos restaurantes que hicieron a Escargot chuparse los dedos, pero he de aclarar que, aun en materia tan principal como el buen comer, me he encontrado desde los que me sirven una sopa de puerros (casi de perros) aguada, pasando por un ají de camarones que había que buscar con microscopio electrónico, hasta uno que me sirvió costra de arroz, que dicho sea de paso me encanta, y otro al que del todo se le había acabado el arroz.
Y eso que un día fui a un conocido restaurante con un amigo que, sin darme cuenta, le dijo en broma al propietario que no dijera nada, pero que yo era el tal Escargot de La Nación, y entonces me sirvieron todos los platos del mundo con saloneros uniformados que me bailaban cancán en la mesa. Y ni así la pegaron.
Para empezar, salvo en uno o dos restaurantes, en ningún otro los saloneros saben retirar los platos de la mesa. En vez de hacerlo tomando uno en cada mano, colocan uno encima del otro formando una desagradable torre de ellos con sobros de comida que, al aplastarse, se salen por los bordes.
A la hora de servirle el plato a los clientes, los saloneros de un buen restaurante jamás deberían preguntarle a aquellos para quién es cada plato, y mucho menos servirle la mariscada al que pidió mondongo, o mondongo al que pidió arroz con mango. Los saloneros deberían arreglárselas -y hay formas establecidas de hacerlo- para llegar directamente donde el consumidor con el plato correcto que este pidió.
Me he encontrado en algunos de esos restaurantes recomendados por Escargot que ponen copas de vino tinto que huele a detergente, o, si no, más pequeñas que las copas de agua, o que en vez de llenarlas un tercio o la mitad las llenan de tinto hasta el copete, tanto que al principio uno tiene que bebérselo de a parado y a besitos para que no se le derrame.
Tampoco ponen cuchillo para la mantequilla. Esta hay que embarrársela al pan con el cuchillón de cortarle el pescuezo al pollo. Luego, el pan queda todo untado de pollo y el pollo de mantequilla y así sucesivamente hasta que no sé cómo las pestañas (de uno, no del pollo) también terminan enmantequilladas. Con razón ve uno tan raro al animal.
Para quien como yo está acostumbrado a tirarse unos macarrones con cuchara de plástico sentado en el cordón del caño, esto no me afecta mayormente, pero sí me parece hasta cierto punto ofensivo para el público que se le concedan cinco tenedores a restaurantes que fallan en esos detalles.
Ahora, si el señor Escargot deliberadamente está usando una medición o parámetro adaptado al nivel de "cultura restaurántica" nuestra, no he dicho nada. De lo contrario, a Escargot mismo habrá que otorgarle medio tenedor.
En todo caso yo reto a Escargot para que, así terminemos ambos rodando de gordos, durante un mes hagamos un peregrinaje por varios restaurantes para ver cómo es la vaina. Por supuesto que lo haríamos bajo su mismo seudónimo, en tanto yo me invento uno que podría ser, ¡qué sé yo!, desde Sopa Negra hasta Vigorón. (O sea, ya no es seudónimo).