Mañana comenzará el juicio de Fodesaf, el caso público más revestido de misterio de cuantos hayan ocurrido hasta ahora en el país y que, más que de jueces, debería estar a cargo de brujos.
Los costarricenses le darán seguimiento al proceso bien agarrados de la silla, no como si estuvieran viendo una película de terror sino algo mucho peor: una realidad de espanto.
El tema central es simple: la millonaria desaparición de fondos públicos, de los que ¢17,769 millones fueron supuestamente desviados, ¢1,387 millones transfigurados y ¢271 millones disipados.
Lo complejo, en realidad, es la trama sobre la que se monta toda esa transubstanciación de los dineros públicos originalmente destinados a la gente pobre de este país.
Porque nadie duda de que la plata entró contante y sonante a las arcas nacionales con el fin de que saliera convertida en viviendas y obra social para los necesitados, gracias por supuesto al aporte del pueblo.
Sin embargo, la intriga comienza cuando dentro de las arcas, donde según el dicho hasta el justo peca, algo pasa y la plata sufre una inesperada metamorfosis al salir a chorros disfrazada de invisible hacia ciertos destinos, menos al debido.
A esa transmutación algunos le llaman, en lenguaje "próper", transferencia, transacción y hasta distracción, pero lo cierto del caso es que la plata, que alguna vez fue paloma en mano, se fue hasta convertirse en cien volando.
La vida, no obstante, continuó, tan llena de contrastes como siempre, pues mientras mucha gente se quedó sin su techo y los programas de vivienda sin un cobre para tapar una gotera, otra se construía mansiones, viajaba, se llenaba de lujos y se la tiraba rico.
Además, los frijoles seguían subiendo, el sol saliendo por el este, Saprissa ganando y, en los pelones, todo el mundo poniéndole bonito al baile hasta que llegó un aguafiestas y descubrió la gran fuga, vía ósmosis, de los dineros públicos y entonces la parranda se jodió porque se transformó en escándalo.
Fue un momento conmovedor porque a los programas de vivienda, ayuda social, humana y de caridad a cargo de Fodesaf les sobraron dueños y padrinos, pero a las platas desaparecidas que servían para financiarlos, curiosamente no; o sea, estaban totalmente huérfanas.
Eso dio pie a la "era del responsable", es decir, a la del que con honestidad y valentía daría la cara ante esos actos para asumir las consecuencias, pero ahí mismo se descubrió que por más altos jerarcas que tenga un gobierno, este carece de responsables.
Quedó claro entonces, y el país tomó nota de ello, que los más conspicuos funcionarios públicos son nombrados solo para el halago, el aplauso y la lisonja pero jamás para encarar el error porque son infalibles y porque, además, ese es territorio de fantasmas.
Esa, precisamente, será la más grande omisión de este juicio, que tan desaparecidos están los fondos, como desaparecidos están los peces gordos o santos grandes de la política que tenían a su cargo la responsabilidad, o irresponsabilidad, de los bienes públicos ultrajados.
O sea, se volvieron a salir con la suya. ¿Hasta cuándo?