De güila a mí me pasó con el estudio lo mismo que con Dios: les tenía horror. De tanto advertirme que si decía palabrotas Él me castigaría; que si me robaba los jocotes del vecino tenía que hacer los Trece Sábados, o que si me burlaba de un viejito me iría al fondo de los infiernos, llegó un momento en que no quería ver al Señor ni en pintura. Tanto fue mi trauma que cada vez que tenía que pasar frente a la imagen de un Corazón de Jesús desgarrado por la crucifixión, no me veían ni el humo. Sin embargo, con el tiempo, gracias a Kant y a Nietzsche, más terapeutas que filósofos, logré suscribir mi propia entente con Dios.
Como si eso no fuera suficiente, apenas entré a la escuela, me di de nariz contra una nueva deidad: la matemática. No tenía barbas como el otro dios, ni corona de espinas, pero asustaba igual porque no hablaba con palabras, sino con una cosa que ahí mismo me dijeron se llamaban números. Y asustaba, además, porque si transgredía sus mandamientos, me desterrarían del paraíso escolar como el gran burro de la clase con así orejas. Yo, en mi ingenuidad, comparaba a ambos dioses y me quedaba con el primero porque al menos había oído decir que perdonaba, mientras que este último no aguantaba nada.
El "cole" fue ya devastador. A la matemática se unieron la química, la física, la botánica y ese "mire m'hijito, aquí la cosa no es jugando, o estudia, o se queda para vestir santos". Para peores, todo se juntó pues, como con la secundaria sobreviene la edad de merecer, estudiar se ponía aún más cuesta arriba por andar uno de casanova sabaneando a las muchachas. Al final me pasaba lo que a la mayoría: a examen hecho, materia olvidada, pues nadie quería volver a oír nada de geometría, ecuaciones o logaritmos. Más tarde, cuando perdí la inocencia y me sacudí los estereotipos, descubrí, con sorpresa, que aquello que odiaba, ahora me apasionaba: la física, la filosofía, la geología, la astronomía, la...¡Todo!
Pues bien, a propósito de mejorar nuestra educación con pupitres, aulas, computadoras, transporte y comida a los alumnos, es crucial crear también una nueva mentalidad en el arte de enseñar para que, en vez de miles de estudiantes asustados y desertando, tengamos miles, pero soñando y disfrutando de un aprendizaje provocativo, entretenido, útil y desprejuiciado, que le dé alas a la pasión por descubrir, al talento para crear y a la urgencia de construir un mejor futuro.
En esta Costa Rica que pasa hoy ante nuestros ojos como una película de terror, una revolución a su sistema educativo es nuestra última gran oportunidad de liberar de los demonios de la modernidad (violencia, droga, prostitución y delincuencia) al alma nacional.