Opinión

Al Grano

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De güila a mí me pasó con el estudio lo mismo que con Dios: les tenía horror. De tanto advertirme que si decía palabrotas Él me castigaría; que si me robaba los jocotes del vecino tenía que hacer los Trece Sábados, o que si me burlaba de un viejito me iría al fondo de los infiernos, llegó un momento en que no quería ver al Señor ni en pintura. Tanto fue mi trauma que cada vez que tenía que pasar frente a la imagen de un Corazón de Jesús desgarrado por la crucifixión, no me veían ni el humo. Sin embargo, con el tiempo, gracias a Kant y a Nietzsche, más terapeutas que filósofos, logré suscribir mi propia entente con Dios.








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