No hay quite: la falta de comunicación es el principal problema entre las parejas modernas. Un buen amigo mío lo está viviendo en carne propia: no se atreve a pedirle a su esposa que deje de usar de piyama una camiseta con la figura enorme de un Tribilín en patineta. Me aclara que no es nada personal contra el personaje de Disney, pero que siempre, a la sublime hora de compartir alcoba con ella, algo de él, sus dientes, sus orejotas e incluso su emblemático carisma, le espantan, hasta la impotencia, las hormonas del deseo al distraerlo con recuerdos de infancia que lo hacen sentirse niño y no metrosexy, como sería lo lógico.
Mi amigo me confesó que, si bien no le importaría que la piyama de ella luciera un Snoopy, Piolín o Pantera Rosa , o bien un escudo de armas o dragón chino, tan de moda hoy aquí, preferiría, por supuesto, algo más detonante para su libido, a ratos tan insubordinada. Y, como me pidió ayuda, pues se la di: barajamos varias posibilidades. Una, desaparecer del todo la camiseta, pero ante el horror de que ella corriera a comprarse una de Shrek, se nos ocurrió mejor que él se adelantara y le regalara unbabydoll de satín acompañado de su respectiva tarjetita diciendo “Para que me sorprendas cada noche”.
No obstante, la opción por la que siempre me incliné fue la de que a ella se le dijera, sin ambages, la verdad pues, además de agradecerla, bien podría darle pie para expresar a su vez cosas de él que le desagraden y, de ese modo, entenderse mejor. A la larga –le advertí a él– te quejás del Tribilín en patineta y a ella quizá la desmotive sexualmente tu bóxer morado de dormir (sutilezas extrafutbolísticas aparte), el “chalap-chalap” de tus chanclas al andar, o que, en la cama, la laptop sea la encendida y vos el apagado.
Como mi amigo tampoco se animaba a consultarle semejante intimidad a la psicóloga de la familia, me tomé entonces la atribución de preguntarle a otra profesional cómo un Tribilín era capaz de decidir el futuro de un matrimonio de 15 años con hijos, pero ella me sorprendió con casos de muchas otras parejas que, si bien habían roto porque él aborrecía el perfume de ella, la forma de depilarse por ahí abajo o de vestir, detrás de todos esos pretextos se escondía, inexorablemente, algo peor e irremediable.
Ante eso, y en aras de salvaguardar la unión de ese matrimonio y de quién sabe cuántos más, mi amigo y yo optamos finalmente por publicar su caso aquí por si, de casualidad, su esposa lo lee, se da por enterada y decide cambiar de atuendo. (Aclaración: cualquier otra esposa con idéntica prenda es mera coincidencia. En todo caso, también queda bien avisadita, ¿verdad?).