Ayer a las cuatro de la mañana subí a pie al volcán Irazú y me senté en lo más alto de su cresta a esperar el amanecer.
¡Fue este un gustillo que siempre me quise dar!
Salí de San Juan de Chicuá bajo un cielo todavía sarpullido de estrellas, y trepé hora y media por un atajo erizado de los mismos fríos que una vez sirvieron para cuajar el mundo.
De camino me topé con casitas arropadas aún por el relente de la noche, y sentí el tufillo a azufre propio de la bonachona imponencia de ese gigante que, desde hace 40 años, dormita con un ojo abierto.
Llegué arriba justo a tiempo. El viento barría aquellas alturas con el mismo sigilo con que los servicios secretos de un dignatario esterilizan las calles por donde, horas después, pasará su majestad.
Ese viento me decía algo, pero no fue sino hasta que rasgó las lianas y parásitas del bosque que le entendí: me cantaba que, en un santiamén, el sol aparecería a lomo de una berlina tirada por garzas de nube.
Y dicho y hecho. Ante su proximidad, el firmamento empalideció, un destello traspasó con su filo el infinito, y por la fisura abierta se filtró un vendaval de colores que abrió de par en par la página del nuevo día.
Yo la vi abrirse. A esas horas estaba todavía en blanco, y me daba cosa saber que, solapado entre esos lampos, vendría como siempre el destino a llenarla con su letra pulcra e inexorable.
Entre tanto, abajo, en el abismo circundante, el país entero dormía su plácida inocencia sin percatarse de que, tarde o temprano, aquel haz lo convertiría una vez más en la tinta de un nuevo drama por la existencia.
Así es todo el tiempo. Y así será. Lo que pasa es que solo yendo ahí, a esa hora, es posible anticiparse a la magia de la vida y vernos en ella, como ante un espejo ciego, siguiendo el tortuoso camino de la suerte echada.
Ese es para mí el embrujo del Irazú: que las impredecibles fuerzas sobrenaturales lo hayan elegido su lugar de paso hacia quién sabe dónde, a desovar, bajo la piel de lo inesperado, su carretada de enigmas.
Tras el ritual, el paisaje quedó como poseído. Cielo y tierra se besaron en el horizonte, una tenue bruma se acurrucó entre los canjilones montañosos, y la ciudad, aturdida aún por el sobrepeso de la noche, se puso en pie sobre la hoja en blanco, dispuesta a dejarse escribir.
Ante semejante escenario, que lo deja a uno tiritando de preguntas al vacío, lo único más a mano en aquel momento para volver en sí era una taza de café caliente que me apresuré a buscar volcán abajo, ahí en el primer ranchito humeante que vino en mi auxilio.