Es definitivo. Hemos saltado de la Costa Rica campesina a la Costa Rica glamorosa. De la del jornalero en el cafetal o cebollal a la del ejecutivo en la oficina virtual. De la del “gallo” envuelto en hoja de plátano que nos almorzábamos a la sombra de un poró a la de cinco tenedores. Las grandes transnacionales con subsidiarias aquí, oriundas de culturas más sofisticadas, nos están enseñando desde cómo comer y vestir hasta cómo saludar y sentarse.
Se acabó aquello de empujar la comida con el cuchillo o pedazo de pan para rellenar más el tenedor o agarrar ese último y escurridizo bocado que se nos pasea por todo el plato. También se acabaron los “ochos” que, con el mismo pedazo de pan, uno dibujaba sobre el plato para entramparlo en esa salsita sobrante de escabeche, tomate o espinacas. Asimismo, nada de ademanes en la mesa con los cubiertos en la mano ni de hablar con la boca llena para evitar las accidentales escupas de mondongo, lasaña, pulpo o fritangas a nuestro interlocutor. Mucho menos estornudar contra la servilleta, limpiar los anteojos en el mantel, taladrarse la muela con palillos o beber mientras se mastica sin limpiarse antes la boca.
De acuerdo con el más moderno código de etiqueta y protocolo en vigencia ya aquí, el tico, además, deberá guardar bien las formas a la hora de sentarse o moverse. En las reuniones formales, ninguna ejecutiva en enaguas podrá cruzar las piernas a lo Sharon Stone como en sus Bajos instintos. (¡Achará!). Tampoco está bien tamborilear con los dedos, agitar las piernas al son de alguna patología, o ser presa de tics como sacar la lengua, cerrar un ojo, moquear hacia adentro, tirar cabezazos, o todo a la vez.
La nueva normativa es también muy rigurosa con la ropa: la punta de la corbata debe coincidir con la cintura del pantalón, y el largo del ruedo de este, caer ligeramente sobre los zapatos. En cuanto a ellas, cero escotes pronunciados las tengan como las tengan. (¡Tetócratas que son!). Y en el trato a los demás, el lenguaje corporal es decisivo. Por ejemplo, en el evento de que el jefe se pringue las cejas de sopa, mediante toda una técnica de muecas de sus subalternos podrá enterarse pronto del ridículo que está haciendo. Igualmente, la mano tiene que ser bien dada, los besos no deben sonar ni chuiiikk ni muuuac, y jamás quitar la mirada al interlocutor así se nos aparezca Maribel Guardia duchándose.
Estamos a las puertas de un nuevo tico; ya no del informal y letárgico de siempre, ni del labriego sencillo de nuestra poesía emblemática, sino del refinado, del elegante, del exquisito. En una palabra, del Ticochic, así, con mayúscula.