Como baile, la Macarena será muy pegajoso, popular y todo lo que usted quiera, pero que es jodido, es jodido.
De joven, el bolero era mi baile predilecto porque uno se paraba en media pista como en plena meditación trascendental: quedito, mirada extraviada y full imaginación.
A la cumbia y al merengue algo le hacía; torpe y sin estilo, pero le hacía. Lo que pasa es que no me gustaba bailar demasiado separado de la muchacha por aquello de estar bien agarrado de ella a la hora del mal paso.
Lo mismo deben haber sentido los demás porque, muy poco después, a alguien muy precavido se le ocurrió piratear ese baile para que pudiéramos arrimarnos más a la compañera.
Claro que el rock and roll y el twist, made in USA, también llegaron a ser bastante movidos, pero el agite no fue nunca ni parecido al de los ritmos tropicales porque estos fueron siempre más pícaros y salerosos.
Mientras el twist y el rock se inspiraban en cadencias demasiado mecánicas y definitivas, el merengue, la cumbia y el vallenato, lejos de ser tan lacónicos y rotundos, iban encendiendo poco a poco la mecha.
Ese fue el éxito, en mis tiempos, de las primeras discotecas; que luego de programarles a las parejas una sesión de ritmos bien ardentosos, de repente les cambiaba a boleros y entonces aquello era la violencia.
Pero con el correr de lo años surgieron nuevos ritmos como el reggae, el heavy metal y el boggie --este último de todos trístemente recordado--, y me quedé a la zaga estacionado en lo que ya se volvió la prehistoria del baile.
Eso, sin embargo, no me contrarió mayor cosa porque cuando, en una fiesta, alguna mujer se compadecía de mí y me sacaba a bailar regaee sin yo saber bailarlo, salía del apuro moviéndome de cualquier manera porque la cosa era eso, moverse.
Además, como las pistas de baile normalmente están atestadas de fiebres, uno ni se nota entre la multitud, más aún si, pasito por aquí y pasito por allá, uno jala a la muchacha hacia el centro de aquella masa humana en un intento de diluir el ridículo.
Ese es precisamente el problema con la Macarena. La vez que una parienta (así le dicen ahora) me metió a empellones a la pista para que la bailáramos, me llevó el carajo. No pude diluir el ridículo.
La Macarena es un baile más organizado y de conjunto, en el que las parejas realizan movimientos precisos, cadenciosos y muy bien sincronizados que demandan práctica, reflejos y ubicuidad.
Pero yo, preocupado esa vez más por llevar el ritmo de brazos y manos algo acorde con el del resto del esqueleto, se me olvidaba dar el jodido cuarto de vuelta ese que dan a la izquierda, al punto de que cuando todos estaban de espalda, yo estaba de frente, y cuando me ponía de espalda mediante un movimiento correctivo de atolondre, ya todos estaban de frente.
Mi total fracaso con la Macarena esa noche se consumó cuando, creyendo haber recobrado por fin el sentido de orientación, noté que mientras todos volvían a ver para un lado, yo estaba viendo para el otro, más perdido que Chema en el gobierno.
Ante eso, he llegado a la sabia conclusión de que como música, ritmo y baile, la Macarena es demasiado soberbia para que un chapa como yo la eche a perder así. Mejor me quedo con mis boleritos y con la esperanza de que mis parientas me saquen a bailarlos.