ste fin de semana me encontré con unos jóvenes campesinos de manos rudas y brazos nervudos que, hace poco, dejaron de amasar la tierra feraz de las faldas del volcán Irazú para dedicarse a un trabajo diametralmente opuesto: fabricar calzones y talladores en la zona industrial de Cartago.
Me costó creer que gente hecha más para madrugar bajo la escarcha de potreros empinados, ordeñar cientos de vacas antes del alba y levantar a diario surcos para una agricultura ingrata pero pujante, acabara haciéndole vuelitos a los sostenes, poniéndole encaje a los bikinis y dándoles forma de tentación a las prendas femeninas más íntimas.
Antes, cuando el calzón era el trapo más remoto de un montón que se ponían las mujeres, difícil de ver con la frecuencia y regularidad de ahora, su estilo era comprensiblemente convencional y no era lógico preocuparse tanto por su forma, tamaño y glamor: bastaba con que fuera holgado, sobrio y bien encubridor.
Lo mismo sucedía con el sostén: antes de que este fuera inventado por los franceses, lo que entonces existía para poner una púdica distancia entre el pecho de la mujer y tanta indiscreción y curiosidad alrededor, era una alambicada armazón desde los hombros hasta la cintura sostenida con varillas, tirantes y ganchos que la hacían espantosamente inhumana.
Pero desde que ambas prendas dejaron de ser un mito y se abrieron al ojo público en toda su crudeza, la cosa cambió radicalmente. Para lucirlas en los anuncios publicitarios, insinuarlas en la calle bajo vestidos translúcidos, y mostrarlas espléndidamente en pasarelas y alcobas, fue urgente hacerlas más presentables. Cuanto más audaces fueran, tanto más éxito tendrían en un mercado en el que, al contrario de lo que sucedía antes, las mujeres las usan más para enseñar que para esconder.
Fue entonces cuando la imaginación se apoderó de la ropa interior femenina para modernizarla con encajes y transparencias; afinarla y darle todo el toque de distinción que la hiciera masivamente vendible, y reducirla al punto de hacerla casi invisible, tanto que hoy es más fácil ver lo que la prenda pretende tapar, que a la prenda misma.
Ese es el motivo de que su confección sea hoy una disputada industria mundial en la que la variedad, rareza y provocación sean cruciales para alcanzar los primeros lugares del mercado. Si bien el lanzamiento de calzones con abre-fácil, primero, y con pito, después, convulsionaron los más complejos sistemas de "marketing", el clímax de tan arrollador avance pareciera haber sido cuando los japoneses, tan aficionados a convertir todo lo que tocan en curiosidad electrónica, inventaron el sostén con radio como si los inventados hasta ese momento no hubieran dado ya pie a suficientes escándalos.
Se deduce entonces que la confección de calzones y sostenes se ha hecho una actividad tan delicada debido a la minuciosidad del acabado, que solo es posible imaginarla en manos de mujeres que sienten en carne propia lo que realmente quieren lucir para verse irresistibles. Pero cuando me entero que unos hombrones moldeados por la naturaleza para trabajar la tierra renuncian a tan benemérita función solo porque coser ropa íntima de mujer es menos ingrato y paga más, no sé qué pensar.
Yo celebro que el campesino de hoy quiera superarse para alivianar la carga de un mundo tan cuesta arriba, pero no deja de inquietarme el hecho de que de continuar como hasta ahora su éxodo hacia la ciudad, esté cerca el día en que, a falta de papas, tomates, arroz y frijoles, tengamos que alimentarnos de calzones y sostenes. Nadie sabe: a lo mejor hasta sean más nutritivos.