El manejo de los asuntos públicos tiene su propia lógica y, por eso, cada vez que diversos sectores -sobre todo religiosos- han tratado de imponer desde el Estado su concepción del mundo, los resultados han sido muy negativos.
Esto es importante tenerlo presente a propósito de la educación sexual. Históricamente el sexo ha sido objeto de toda clase de hipocresías, tabúes y prejuicios, así como de muchas discriminaciones y formas de persecución. Ha estado en la base de la marginación y represión de la mujer, considerada por algunos como fuente de todo pecado y maldad. Aún hoy, en un país musulmán de la antigua Unión Soviética, hay una torre desde donde se lanzan al vacío las jóvenes repudiadas por sus maridos la noche de bodas, acusadas de no ser vírgenes.
Así como en el difícil proceso de liberación de la tutela religiosa la filosofía, la ciencia y el arte han tenido que afirmarse en una esfera de libertad de cara a la religión, otro tanto debe hacerse con la educación sexual. Esta debe responder a una lógica que, si bien incluye valores éticos, no puede ni debe limitarse a un enfoque de pecado, culpa y prohibición. Sí debe fomentar un alto grado de responsabilidad social y personal; y ser, a un tiempo, informativa, formativa y funcional.
La decisión final sobre el comportamiento sexual será, al fin de cuentas, de cada quien; como lo está siendo ahora mismo, solo que hoy sin información, sin conocimiento y con consecuencias fatales para nuestra sociedad. Por eso, hay que educar sobre los derechos de la pareja, los métodos anticonceptivos, la higiene sexual, y la prevención y lucha contra las enfermedades de transmisión sexual.
En otras palabras, hay que ocuparse de lo que sucede en todos los hogares del país ignoro si en esto habrá las excepciones que marcan la regla, pero de lo cual no se les ha hablado a los jóvenes nunca, dejándolos librados a la ignorancia, la experimentación ciega, la conseja de amigos y amigas tan ignorantes como ellos, o la manipulación malvada de adultos sin conciencia.
El resultado de no haberlo hecho así lo podemos ver día a día en la apabullante cantidad de embarazos no queridos, de madres solteras, de padres con hijos pero sin responsabilidad, de niños en abandono y ahora sí de promiscuidad y riesgo.
Esta educación debe ser científica, cimentada en valores morales y esencialmente laica. Brindarla a la juventud es una responsabilidad inexcusable del Estado, que indebidamente ha venido posponiéndola. Claro está que esto no imposibilita que cada quien enfoque el tema para los suyos como quiera, y con sus propios criterios: la enseñanza de la teoría de la evolución de Darwin no impide que haya quien siga creyendo, a pie juntillas, en Adán y Eva. Lo que es inadmisible es no enseñar a Darwin.
Por eso, más que malo, es bueno que el Estado asuma de una vez por todas su responsabilidad en este campo, y que la Iglesia se ubique en el área que le corresponde. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.