La Ley de Aduanas , de la que dependen casi la mitad de los ingresos fiscales, reformada en 1995 mediante copia de un modelo francés, entregó a los declarantes la liquidación y tasación de los impuestos en aduana o sea las aduanas con la idea de trasladar el control estatal a la fase de comercialización interna, mediante el cruce con la contabilidad de los comerciantes en sus diversos niveles.
Con esa idea se desarticularon las aduanas, cuyo personal se redujo drásticamente, único caso en que el empleo público bajó en el horizonte general estatal de incremento de la burocracia. Por eso el personal actual sería completamente insuficiente para revisar todas las pólizas, de las que apenas se revisa un 10 por ciento. Asimismo, se descuidó la preparación específica del personal en materia aduanera, lo que hace bajar aún más el rendimiento del sistema.
Pero, por supuesto, nada se hizo en el sentido del control a posteriori que se pretendía establecer, cuyo logro era evidente que requería una profunda reforma tributaria general. Porque el control desde la contabilidad de los expendedores y distribuidores requiere la generalización e informatización de las labores de la Tributación Directa y el registro de todo el comercio, lo que no existe y tardaría mucho en lograrse, si es que alguna vez se logra.
Sin control. Pagar o no los impuestos en las aduanas quedó por eso y está actualmente en manos de los importadores, dependiente solo de débiles controles aleatorios por las autoridades aduaneras, que, como se dijo, apenas alcanzan a un 10 por ciento de las pólizas. Lo que resulta aún más débil en relación con las declaraciones anticipadas, en las que se declara, tasa y paga sobre lo que viene embarcado, de modo que cuando la mercadería arriba pasa recto, sin mayor control. Con todos esos instrumentos a la mano, los evasores hacen fiesta permanente, y el canasto de la recaudación hace agua por todas partes.
Y ese pobre canasto termina rompiéndose con el control prácticamente inexistente sobre los furgones que ingresan supuestamente en tránsito a otros países del istmo, que de camino desaparecen o se abren a discreción. Aunque suene increíble, una frontera no comunica lo pertinente a la otra, o lo hace a destiempo, y con eso empieza, en esta otra parte de la fiesta, la mesa ampliamente tendida para todo género de irregularidades.
Contrabando blindado. Con tan formidables recursos a la mano, pasar el contrabando por los trillos de las montañas pasó de moda, porque resulta mucho más fácil que, tributariamente blindado ingrese o circule por las mismas aduanas. Esta situación, que se produce masivamente, afecta tanto al fisco, que pierde en gran escala su principal ingreso, como a los importadores honestos que sufren la competencia desleal de quienes no pagaron los impuestos o lo hicieron por menos. La magnitud en que se produce se aprecia fácilmente en los muchos datos de pólizas y de precios que lo revelan, y del dato global de que el canasto, pese a que bota agua por todas partes, aún produce casi la mitad de los ingresos. Lo que, a la luz de lo anterior hace ver que si no lo hiciera todas las penurias fiscales terminarían. De ahí que haya déficit fiscal porque eso es lo que el sistema verdaderamente quiere.
Lo del control a posteriori es uno de los tantos mitos que es necesario romper, y constituye una muestra más de que no vivimos en la realidad sino en una ficción que hemos creado para engañarnos. Como dijo Rodolfo Cerdas acertadamente, la ley se hace para no cumplirla. Y, agrego yo, lo malo consiste no en transgredir la ley simple pantalla para hacer teatro sino en que lo agarren a uno en la falta. Por eso, cuando alguien comete el pecado de dejarse agarrar, el libreto de nuestra política bufa, como ahora sucede con las contribuciones electorales ilícitas, indica que los demás hipócritamente se rasguen las vestiduras, y que los implicados se tiren la bola unos a otros, pero que la obra siga, siempre en lo mismo y sin que pase nada.