Resulta gracioso echar una mirada sobre nosotros mismos: tan atareados siempre, tan esclavos del reloj. Haciendo cosas. Robando tiempo.
Hormigas somos (¡disculpen, hormigas!), provistas de agenda y celular. Es como si una fuerza atávica le hubiese ordenado a nuestras neuronas buscar problemas y soluciones a ritmo sicotrónico.
¡Qué loco activismo! ¡Y qué poderoso! Al punto de que uno posterga los ratos esenciales y el placer inmediato para una vaga ocasión que vendrá. El fin de semana, las vacaciones, el próximo milenio...
Algunos periodistas, urgidos no sé por qué, suelen notificarle a jefes de estado, jueces, legisladores y regidores que el plazo expira. ¿Qué plazo? Cualquier plazo.
Todo entra en un circuito de vértigos y carreras: la reforma de la constitución, el debate de una ley, la importancia de un tratado de libre comercio, la necesidad de tapar un hueco de la calle.
¿Quién reacciona? Nadie, que yo sepa. El código de la premura, mi apreciado lector, es una maldición anónima, la marca de fábrica posmoderna.
Confort que no reconforta. Existe un pequeño lugar en el mundo, Davos. Pertenece a Suiza y es la capital de nuestra aldea globalizada. Allí se reúne, año tras año, la cúpula financiera y política del planeta; y desde allí se emiten las señales del futuro.
Las últimas jornadas reseñan los cables fueron de antología. Los ídolos del momento (Alan Greenspan, Reserva Federal de USA; George Soros, magnate, filósofo y consejero de países en vías de subdesarrollo; los miembros del G-8) montaron un espectáculo tipo Hollywood.
Exitosos, entusiastas, entre olor a tecnología y frenesí de película muda, quedó muy claro que cada protagonista de la Cumbre pensaba igual que su colega. Digo pensamiento, aunque quizá sea más gráfico reducir la conferencia a tres consignas: "Innovación o muerte", "Vaporicen las naciones", "¡Internet y Nueva Economía unidos, jamás serán vencidos!".
Ahora bien, si uno pregunta cuál es el objetivo humano de la gran receta, los gurús de fibra óptica dejan de ser elocuentes. "Se trata de vivir mejor", dice alguien; y si nos animamos a repreguntar, otro alguien explicará que vivir mejor es sinónimo de confort.
Curioso confort este que no reconforta al hombre promedio de nuestras economías. Al contrario, lo arroja de golpe a un torbellino de peces chicos y grandes, a bracear como náufrago en mar abierto.
Otro nivel de conciencia. Cambiemos de escena. Leamos a un viejo vividor, Henry Miller, quien abordó la misma cuestión mucho antes de Davos y la explosión informática.
"Hago la plancha como se dice en natación escribe el novelista Miller. Sí, la plancha, porque toda esta agitación del mundo ¿qué significa sino la señal de una gran perturbación interior? Todo lo exterior los problemas sociales derivan de esta agitación. Si uno se volviera simple, sabio, no habría problemas sociales. Nuestra inquietud interior es la que los crea".
Yo siento que Miller nos da una clave. La mala agitación proviene de cierta fiebre íntima del hombre, un deseo de poder alojado en la parte primitiva del cerebro que proyecta comunidades a su imagen y semejanza; y el remedio, único, sería ascender a otro nivel de conciencia.
Desde esta nueva conciencia, es posible que no sean problemas lo que llamamos problemas, angustia aquello que denominamos angustia, crisis lo que hoy nos aqueja.
Es posible, también, que algún día dejemos de estar agitados.