Jérôme Bindé es director de la División de Previsión y Estudios Prospectivos de la UNESCO y organizador de los "Coloquios del Siglo XXI". Asimismo, es compilador y coautor del informe mundial de prospectiva Un Monde nouveau y de Clés du XXI siËcle . Jean-Joseph Goux es profesor de Filosofía en la Universidad de Rice (Texas) y autor de Frivolité de la valeur .
El 8 de diciembre se congregaron en la UNESCO veinte destacadas personalidades para meditar sobre el futuro de los valores. Entre ellas figuraban Claudia Cardinale, embajadora de buena voluntad de la UNESCO, Aziza Bennani, presidenta del Consejo Ejecutivo de la UNESCO y exministra de Cultura de Marruecos, Paul Ricoeur, Jean Baudrillard, Peter Sloterdijk, Edgar Morin, Arjun Appadurai, Gianni Vattimo, Michel Maffesoli, Mohamed Arkun, Julia Kristeva y Solimán Bachir Diagne. En el artículo siguiente los organizadores del encuentro tratan de esbozar pistas para el futuro.
En el Siglo de las Luces, Voltaire afirmaba sin el menor asomo de duda: "Solo hay una moral, de la misma manera que solo hay una geometría". La denuncia del origen absolutamente humano de la moral ha hecho que esta certidumbre universalista se haya disgregado desde hace ya mucho tiempo. La gran crisis de los valores que ha conmocionado hondamente los dos siglos pasados desemboca ahora en múltiples incertidumbres. Cabe preguntarse si la ausencia de un fundamento trascendente que permita anclar valores eternos en un cielo inmutable significa un ocaso de los valores en sí. También podemos preguntarnos si en un mundo caracterizado por el encuentro planetario de las culturas son previsibles antagonismos exacerbados entre valores de signo opuesto, o si, por el contrario, vamos a presenciar hibridaciones inesperadas e innovadoras entre sistemas de valores con raíces y orientaciones que todavía hoy se ignoran mutuamente.
La huella del siglo XX. Acabamos de dejar un siglo de doloroso cuestionamiento de todas nuestras certidumbres. La crisis contemporánea de los valores no afecta solo a las grandes estructuras morales de índole tradicional vinculadas a las confesiones religiosas heredadas, sino a los valores laicos posteriores. La monstruosidad que dejó impresa su huella en el siglo XX parece que pone en peligro otra vez nuestro futuro. Hay que preguntarse si el desarrollo de las técnicas no va a conducirnos a una humanidad irreconocible que algunos ya han designado con el inquietante vocablo de "poshumanidad". ¿En un universo de innovaciones y rupturas radicales, cómo pensar la continuidad de la Historia y mantener la deseable utopía de lograr una vida mejor para la inmensa mayoría de los habitantes del planeta? ¿Es posible mantener el intento de un proyecto universal que sea compatible con los múltiples legados culturales y se enriquezca con el entrelazamiento de sus respectivas historias?
Paul Valéry se percató ya de que nuestra concepción de los valores morales o estéticos tendía a acercarse al modelo del valor bursátil, en un mundo dominado por la especulación. Decía bromeando que el valor "espíritu", similar a los valores "trigo" o "carbón", estaba en baja permanenteÖ Por ejemplo, el fenómeno de la moda que hasta ahora solo se daba en ámbitos como el de la indumentaria, en los que el convencionalismo arbitrario es de rigor, está invadiendo toda nuestra concepción de los valores. Además, el papel que desempeñan la información y los medios de comunicación de masas consolida esta orientación. En efecto, esta lógica bursátil supone tomar en consideración una multiplicidad de "indicadores" pasajeros que se han de captar al segundo. La información instantánea ha suplantado el sentido de la Historia y el reconocimiento de sus tendencias a largo plazo, que han llegado a ser indescifrables.
Seriedad y frivolidad. ¿Cómo es posible plantearse la "seriedad" de los valores en un contexto en el que parece predominar omnímodamente su "frivolidad"? El siglo XXI puede ser presa de la contradicción entre el hecho de valorizar lo efímero como nunca se hizo hasta ahora y el de presenciar el nacimiento de sociedades del saber que inducen a que la educación para todos a lo largo de toda la vida sea un auténtico proyecto, lo cual parece prefigurar el auge de un nuevo conjunto de valores duraderos y, a la vez, serios, lúdicos y "juveniles". Cuando se difuminan las fronteras entre las tres edades de la vida, parecen surgir nuevos valores cognitivos y prospectivos en los que los aspectos vinculados a la invención y la transmisión predominan respectivamente sobre los relacionados con la herencia y la recepción.
Si de lo que se trata es de crear valores, hay que preguntarse si esto no nos conduce a su "estetización" y si, por consiguiente, la estética no se ha convertido en el estadio supremo de la economía y la ética. El divorcio profundo e irreconciliable entre el artista y el burgués o "la estética y la economía política", como decía Mallarmé que parecía haberse consumado desde el romanticismo, se ha borrado hoy en día. Posiblemente ninguna época anterior había convertido al artista en el modelo mismo de la actividad creadora de significado y novedad. La "creación" es algo omnipresente. Cada uno de nosotros se ve compelido en su vida personal a crear por lo menos su propia existencia. En el ámbito económico se reconoce que la innovación es la fuerza motriz intrínseca del desarrollo. Esta "estetización" generalizada no solo afecta a la dimensión de espectáculo que posee la sociedad, sino a la médula misma del principio ético y de la dinámica de la acción.
El valor del futuro. ¿Podemos, entonces, pronosticar que se van a crear nuevos valores? ¿La diversificación extraordinaria de las búsquedas espirituales, personales o comunitarias, que han acompañado la merma masiva de la adhesión a los dogmas religiosos tradicionales en varias regiones del mundo, es portadora de valores sólidos que podrían ser esenciales en el futuro? Asimismo, mientras que la cohesión social se ha disgregado ante el ascenso de un individualismo cada vez más radical, van cobrando auge nuevas formas de asociación y de solidaridad. ¿De qué valores son portadoras estas redes inéditas? ¿Se puede vislumbrar el surgimiento de valores alternativos que podríamos calificar de "posmaterialistas"? Todos estos interrogantes están relacionados además con el desmoronamiento de las estructuras patriarcales, es decir, la ruptura considerable que conduce a una feminización de los valores cuyas consecuencias serán profundas en el siglo que acaba de comenzar.
Meditar sobre el porvenir de los valores solo tiene sentido si se plantea el valor del futuro. El estudio prospectivo de los valores, que está íntimamente ligado al estudio prospectivo del tiempo, debería permitir que se sentaran las bases de una ética del futuro, lo cual no quiere decir una ética futura, sino una ética del presente para el futuro. Una ética semejante ya ha sido esbozada por la considerable evolución de tres conceptos: la responsabilidad, que antaño se orientaba hacia nuestras acciones pasadas y hoy en día se refiere en gran parte a las posibles consecuencias de nuestras acciones presentes ; el principio de precaución, que nos enseña que la Tierra, las sociedades, la especie humana y la biosfera son perecederas y que, por consiguiente, su suerte futura depende en gran medida de nosotros ; la noción de patrimonio, que al extenderse a todas las culturas y al conjunto de la naturaleza, ha dejado de ser un simple resto del pasado para convertirse en el vector mismo de su transmisión a las generaciones venideras. Impulsar la ética del futuro podría abrir paso a nuevos caminos para salir de los callejones sin salida en que nos encierra la tiranía de la premura y la fugacidad.