¿Adónde van a morir las aves? Me lo pregunto cada vez que me detengo ante el inmensurable misterio de los cielos. Los hombres se toman el trabajo de signar su muerte: cementerios, bóvedas, mausoleos, monumentos... y muchas son las especies de animales que, al sospechar desde el fondo del instinto la proximidad de la muerte, celebran “ritos” sorprendentemente afines a las ceremonias fúnebres de la criatura humana. Pero las aves... ¿cómo mueren las aves? Evanescencia pura, aéreas formas capaces de desmaterializarse en pleno vuelo.
Porque, aunque la muerte siempre es la muerte, la imagen de un perro o un gato que yacen a la vera del camino no deja de tener algo de consuetudinario. Las aves, en cambio, ¿adónde van a morir las aves? De vez en cuando las vemos perder la vida en la infame mentira de una ventana que se pretende firmamento, o morir a punta de rejas en una celducha inmunda, las alas taladas, el canto para siempre segado. Pero cuando no sucumben a las trampas que el hombre se divierte tendiéndoles, ¡qué infrecuente es toparse un ave muerta!
Cuando vemos el trémulo cuerpecillo tirado en el camino, nuestro primer impulso es siempre el de recogerlo, acunarlo, acercarlo a nuestro corazón. La reacción de los niños –inmediata como la luz– suele dar voz a nuestra espontánea conmoción: “Mira papá: ¡un pajarito muerto! ¿Puedo recogerlo?”. “No, porque puede pasarte alguna enfermedad”. “Tal vez está solamente herido”. “Te digo que no, dejalo ahí: el pajarito ya no siente nada...”. Pienso en el episodio de la muerte del canario en Platero, en La muerte del cisne, de la Pavlova, en “las oscuras golondrinas”, de Bécquer, que ya no volverán porque... porque, después de todo, también ellas son residentes de la muerte.
No miramos al cielo. Encontrar en nuestro camino a un ave muerta es un evento, nos marca, nos sacude, impregna el día entero de una vaga melancolía, algo así como la reverberación de un acorde de si bemol menor alojado en lo más profundo de nuestra conciencia. Sí, cosa rarísima, ver a un pájaro muerto: toda avis mortua es, literalmente hablando, rara avis in terra. Y, sin embargo, ¡cuánto más abundantes las aves que los perros o los gatos! Basta con alzar en cualquier momento la vista al cielo para verlos ejecutar su aérea coreografía sobre nuestras pesadas vidas de peatones, de animalejos grávidos, rampantes, geolofílicos... Pero los hombres no miran el cielo con la frecuencia con que deberían hacerlo: he ahí el problema. Las más de las veces andan viendo para abajo. Quien busca carroña se la pasa siempre agachado.
La tierra debería estar toda ella cubierta de aves muertas. Pero no lo está, y eso me sume en el más profundo desconcierto. ¿Irán a morir al mar, las aves? ¿Se convertirán en espuma? ¿Volverán al bosque umbrío? ¿Se remontarán en el azur de Mallarmé hasta que su materia se enrarece y sutiliza como las almas y los sonidos? ¿Consistirá su muerte en un ascenso ilimitado, en la antípoda del inexorable descenso del hombre hacia la tierra? Surcos labrantíos, sepulturas, trincheras, sótanos... los hombres somos criaturas subterráneas, más afines al topo que al simio: comemos tierra, conquistamos tierra, compramos tierra, exploramos tierra, cultivamos tierra, somos tierra y la muerte no es sino una enorme, definitiva ración de tierra.
Y cuando encontramos un ave muerta es la divinidad misma la que pareciera haber sido herida de muerte. ¿Cómo puede morir una criatura que es la trashumancia misma, un ser que representa la migración y el tránsito constantes? Las aves ¿no son precisamente tales porque se han emancipado ya de la tierra, porque son lo que sobreviene después de la muerte? En última instancia, el escándalo metafísico que en nosotros suscita la muerte de un ave podría ser formulado en los términos siguientes: ¿será también putrescible aquello que creíamos inmortal? El alma humana ¿no tiene acaso vocación de eternidad? Porque en nuestro universo poético –el más real que jamás tendremos– el ave será siempre alma, voluptuosidad del vuelo, vislumbre de infinitud. Y, sin embargo, también el ave participa de la dual naturaleza de Quetzalcoatl: en ella confluye la criatura alada con la muy terrena serpiente, residente eterna del fango.
El regalo postrero. Seguir el vuelo de las aves, soñar la muerte... quizás los poetas tengan la culpa de tan inmemorial asociación. Sin el Vuelo supremo , de Marchena, tal vez no se me habría ocurrido nunca hacer resonar ambos conceptos... como cuerdas templadas que vibran por simpatía. Y pienso en los seres queridos que un mal día decidieron seguir el éxodo recóndito de las aves. No se murieron. Se nos murieron, que es muy diferente. El pronombre establece aquí una distinción grande como la vida misma. En rigor, deberíamos más bien decir nos murieron. Todo aquel que muere nos asesina un poco. Pedagogía suprema: es el aprendizaje de nuestra propia muerte el que nuestros muertos nos ofrecen, y tal sea quizás su regalo postrero, el último de sus dones.
En todo esto pienso cuando veo las bandadas de aves configurar en el cielo –¡y ello sin saber de geometría!– su rauda forma de saetas, o sobrevolar solitarias el atribulado mundo de los hombres. A semejanza de los muertos, ellas conocen el arte de la desmaterialización: en un parapadeo dejan de ser, y eso es todo. Y yo, que como todo hombre vivo de huellas, de trazas, de permanencias y monumentos, me pregunto una y otra vez: ¿Adónde, en nombre de Dios, adónde van a morir las aves?