La capacidad de predicción de los economistas es limitada, pues los factores que pueden proyectar son pocos y no hay manera de anticipar efectos de anuncios o decisiones no incluidas en los modelos. Por ejemplo, una amenaza a Irán podría disparar los precios, lo cual difícilmente se podría extrapolar a partir de tendencias históricas.
Un análisis retrospectivo sobre los aciertos y desaciertos de las proyecciones muestra lo difícil que es predecir el comportamiento de los precios del petróleo. Por eso, más interesante que intentar adivinar sus valores futuros, es discutir los factores que afectan los precios, al menos para entender el presente, su historia y otear el futuro sin presunciones predictivas.
Oferta y demanda. La historia reciente del petróleo tiene factores de demanda y oferta, como cualquier mercado. Los factores de oferta y demanda son conocidos. El crecimiento vertiginoso de China e India ha incrementado la demanda mundial de petróleo, generando un desequilibrio con la oferta y, por lo tanto, una presión sobre los precios. Con la excepción de Arabia Saudí, los demás productores no pueden aumentar significativamente la oferta en el corto plazo. Nuevas refinerías se demoran entre cuatro y cinco años, mientras que la maduración de nuevos hallazgos toma alrededor de diez años, si prueban ser rentables.
El sector no previó a tiempo esta expansión de la demanda, pero tampoco se lamenta, pues convivir con precios altos elevó la rentabilidad de sus inversiones existentes. En el mediano plazo, el sector va a reaccionar con nuevas inversiones y la producción de bienes sustitutos va a aumentar, como, por ejemplo, los biocombustibles, o va a aumentar la demanda de bienes que sustituyan el uso de los combustibles fósiles, como es el caso de automotores eléctricos, híbridos o de combustibles alternativos.
Otros factores. En resumidas cuentas, un análisis de factores de oferta y demanda explica una tendencia al alza de los precios, por lo menos en el mediano plazo. Sin embargo, otros factores también podrían entrar en juego, por ejemplo, una recesión mundial podría afectar la demanda, lo cual haría bajar los precios; o, por el lado de la oferta, una nueva disrupción por conflicto militar (efecto real) o diplomático (percibido), podría reducir la producción física o generar expectativas de posible reducción suficientes para generar tendencias al alza de los precios. Estas consideraciones de oferta y demanda, en sí complejas, van a ser una parte importante de la historia de los precios del petróleo.
Pero los precios del petróleo también se han imbricado con el dólar estadounidense de una manera sorprendente. El dólar, en el mundo de la posguerra mundial, ha sido no solo moneda de reserva de los bancos centrales, sino también, un depósito de valor y refugio de inversionistas cada vez que ocurren problemas militares diplomáticos o de crisis económica.
El dólar estuvo anclado al oro hasta 1972. De tal manera, se podía argumentar, como lo hicieron los economistas clásicos, que el oro era el depósito último de valor. Con el abandono del patrón oro, a lo cual apostó en años previos De Gaulle, como medio para debilitar el poderío estadounidense, ocurrió todo lo contrario a lo previsto por el general francés.
El dólar se convirtió en el depósito de valor por excelencia, desplazando crecientemente al oro (aunque nunca en su totalidad). Así, los déficits fiscales y comerciales de los Estados Unidos los financiaba el resto del mundo, el cual le enviaba no solo sus bienes y servicios a cambio de la moneda de reserva, sino también sus inversiones de bancos centrales y del público, pues se percibían como el riesgo más cercano a cero en existencia.
El surgimiento del yen, el euro y la fortaleza de China e India coincidieron con los déficits fiscales y comerciales más altos de todos los tiempos en los Estados Unidos, en gran parte explicados por la guerra en Iraq. Esto ha dado pie a una nueva percepción de riesgo y la consecuente diversificación de las monedas de reserva de los bancos centrales y de los agentes privados en un proceso paulatino, pues ningún inversionista o banco central quieren generar una crisis del dólar.
Sin embargo, con la crisis del mercado hipotecario en los Estados Unidos, su Banco de la Reserva Federal (banco central) decidió actuar preventivamente con el objeto de prevenir una crisis económica. Aumentó la liquidez y bajó las tasas de interés dramáticamente. La mayoría de las monedas se fortalecieron con relación al dólar y la migración hacia otras monedas como reserva se aceleró. La posibilidad de una crisis generalizada parece haberse contenido. En parte, fue exportada mediante un dólar más débil. Si se confirma que el riesgo de recesión se ha reducido significativamente, se podrían dar tasas de interés más altas en Estados Unidos y un retorno a un dólar más fuerte y de nuevo recuperando parte de su papel como depósito de valor.
Refugio en el petróleo. El debilitamiento del dólar llevó a la búsqueda de nuevos depósitos de valor, tales como el euro, el yen, el yuan y otros, pero también nuevos bienes tomaron las características del oro, entre estos el petróleo. De esta manera, ante la debilidad del dólar, especuladores e inversionistas se refugian en el petróleo, protegidos por el desequilibrio entre la oferta y la demanda. Por ejemplo, tenedores de euros, ante una baja del dólar, y, en vista de que el precio de referencia del petróleo está en dólares, encuentran un petróleo más barato en su moneda. En consecuencia, compran hasta que el precio suba en términos reales en euros.
Es decir, el petróleo tiene una demanda como depósito de valor, sube conforme se debilita el dólar, sube también conforme haya percepción de peligros mundiales, relacionados o no con la oferta de petróleo. En resumidas cuentas, el papel del petróleo como depósito de valor vino precisamente a aumentar el desequilibrio entre oferta y demanda, al potenciar esta última para fines distintos al del consumo de energía y atrajo al mercado del petróleo a nuevos participantes ajenos al uso del petróleo como mercancía, y, por lo tanto, de comportamientos más volátiles.
En conclusión, el oro negro se convirtió, mediante la alquimia de los mercados, en oro puro. Sin embargo, la economía mundial se mueve, en su sentido energético, por el petróleo, de ahí que el resultado alquimista bien puede descarrilar al tren del crecimiento económico. Un nuevo y grave riesgo. De aquí que el peor escenario para un aumento desmedido de precios sería una combinación de una economía mundial robusta, un dólar débil y mayores enfrentamientos militares o diplomáticos. Caso contrario, sería una economía cuyo crecimiento se ralentiza, un dólar fuerte y tranquili- dad diplomática. La realidad va a ser probablemente una combinación de estos factores, la cual evolucionaría con ponderaciones diferentes en el transcurso del tiempo, donde el precio del petróleo es a la vez resultado y causa de los desenlaces. ¡Pero, para predicciones, una bola de cristal!