Recuerdo haberme disgustado la primera vez que supe que los historiadores estadounidenses se refieren a la guerra de independencia de su país como "la revolución americana." No solo hay un país lo suficientemente presuntuoso como para bautizarse Estados Unidos de América, pensé, un país cuyos habitantes se denominan a sí mismos "americanos", sino que además sus historiadores, no satisfechos con llamar a su guerra de independencia por su nombre, prefieren elevarla falsamente al rango de "revolución." Pasarían años antes de que me diera cuenta de lo injusto de mi reacción.
Estados Unidos no es un país fácil de querer. Es un país demasiado grande, demasiado heterogéneo, con una cultura demasiado difusa. Es, sobre todo, un país demasiado exitoso, con una población que casi no necesita de otros países excepto para el comercio y que, por lo tanto, demuestra una peculiar combinación de ingenuidad y presunción en su interacción con el resto del mundo. El resultado es que nosotros los habitantes de otros países frecuentemente miramos hacia los Estados Unidos con una actitud de superioridad que esconde una enorme envidia: "¡Ah, estos tontos gringos!" Lo que los extranjeros casi nunca admitimos es que el éxito de los Estados Unidos no es gratuito y responde a una serie de características históricas e idiosincrásicas que otros países haríamos bien en imitar.
Fracaso francés. Cuando discutimos la historia de la democracia moderna, casi siempre nos enfocamos hacia la Revolución Francesa. Pero esta fue un experimento fallido que rápidamente degeneró en una campaña de terror y que terminó con el advenimiento de la dictadura militar de Napoleón. La "revolución americana," de la que nadie habla fuera de los Estados Unidos, comenzó trece años antes de la Revolución Francesa y llevó a la creación de una república democrática federal y a la adopción de una constitución que sigue vigente hoy, 214 años después de haber sido redactada.
John Adams, uno de los principales líderes políticos de la "revolución americana", quien más tarde ocuparía la presidencia de su país, escribió en 1790 que la Revolución Francesa, entonces en su apogeo un año después de la toma de la Bastilla, estaba destinada a terminar en episodios de desorden y violencia que llevarían finalmente a que el pueblo aceptara una dictadura militar con tal de restaurar el orden. Su razonamiento es de una lucidez sorprendente. De acuerdo con Adams, todos los manifiestos revolucionarios que proponen una ruptura fundamental con el pasado y una transformación radical de la naturaleza del hombre y de la sociedad son ilusiones utópicas alimentadas por lo que él llamó "ideología," la creencia de que los ideales teóricos son capaces de transformar al ser humano. Según Adams, el conflicto de clases es inevitable porque el ser humano es por naturaleza competitivo y egoísta. Por esta misma razón las élites siempre existirán dentro de cualquier forma de gobierno, y la igualdad absoluta es un ideal irrealizable en la práctica. La labor del Gobierno es reconocer la imperfección de la naturaleza humana y crear un sistema dotado de mecanismos para evitar la concentración del poder y para canalizar las ambiciones de los individuos y de las clases sociales hacia fines positivos.
Exito americano. La tesis de Adams era que la Revolución Francesa fracasaría porque dependía absolutamente de el altruismo e incorruptibilidad de la clase revolucionaria. La "revolución americana", en cambio, tendría éxito porque la recién adoptada constitución reconocía la imperfección del ser humano y contemplaba toda clase de controles para evitar el abuso del poder. Para Adams y otros líderes de la "revolución americana," la democracia no era el mejor sistema de gobierno porque la voluntad del pueblo fuera infalible o siquiera porque fuera más correcta que la voluntad de la clase política, sino únicamente porque evitaba la concentración absoluta de poder en las manos de un individuo o de un grupo.
Estas observaciones de Adams resultan especialmente relevantes hoy debido al fracaso del comunismo, otra corriente política basada en la "ideología." Pero actualmente nadie habla de John Adams, y en nuestros países el sistema educativo tiene tan poco que decir sobre la importancia del nacimiento de los Estados Unidos en la historia de los sistemas políticos democráticos que muchos concluyen, como hiciera yo en una ocasión, que "revolución americana" es nada más un nombre presuntuoso para una guerra de independencia como cualquier otra.