20 febrero, 1997
 German Serrano Pinto
German Serrano Pinto

No es secreto el hecho real de que los índices de desarrollo social en Costa Rica han sufrido un notable deterioro en los últimos tiempos. Todos sentimos el alza en el costo de la vida y los pobres, peor entre más pobres, no tienen ya gasto que eliminar para aliviar su situación, sin provocar más caída de su desajustado nivel de vida.

Tal situación no ha estado ausente en otras épocas. En el transcurso de la historia del país hemos sufrido embates similares. Para recordar, volvamos la mirada a la carta pastoral dirigida a los fieles por Monseñor Bernardo Augusto Thiel, el 5 de setiembre de 1893, sobre el justo salario y de los destituidos de bienes de fortuna: "La situación económica de Costa Rica es verdaderamente alarmante... Se ha provocado una miseria como nunca se ha visto en Costa Rica... Hay familias en los alrededores y en el centro de San José que carecen de lo necesario para alimentar a sus hijos; envíanles a las cercas para comer jocotes, o al mercado para reunir las cáscaras de naranja y otros frutos que se botan..."

Aquella grave situación de pobreza generalizada, así resumida por Monseñor Thiel, mejoró en este siglo, aunque la pobreza en sí es de largo plazo. Víctor Hugo Céspedes y Ronulfo Jiménez, en su libro "La pobreza en Costa Rica", nos explican cómo la economía en nuestro país logró cambiar, desde la posguerra hasta la crisis de los ochentas, la estabilidad económica y una sustancial reducción de la pobreza, lo cual fue posible gracias a múltiples factores relacionados con la economía y las políticas económica y social, aunque no enfatiza -como lo creo yo- en la reforma social de los años cuarenta, que a largo plazo contribuyó a conducirnos a elevados índices de desarrollo humano,ejemplo para los pueblos en vías de desarrollo.

En 1961, 50 por ciento de hogares pobres; en 1971, 38 por ciento . El proceso de mejoría continuó y se interrumpe en la crisis de los ochentas, por una serie de factores que se venían acumulando, entre ellos el estrujamiento de la actividad privada por el intervencionismo estatal al mejor estilo de CODESA, agravados por la crisis petrolera que eleva el crudo a precios inimaginables y la baja en los precios de nuestro grano de oro, todo lo cual lleva a contraer la actividad económica y provoca el aumento del desempleo y la reducción de los salarios reales.

El cambio de dirección en la política económica, apertura de la economía, reforma financiera y reforma del Estado, nos dicen Céspedes y Jiménez, junto con apoyo económico externo, permitió la recuperación económica, el aumento del empleo y de nuevo la reducción de la pobreza. En 1987, 21 por ciento; en 1990, 19.8 por ciento; de nuevo un leve aumento en 1991 y 1992 por la aplicación de medidas correctivas en la economía que rinden sus frutos en los años siguientes: 17.4 por ciento en 1993; 15.8 por ciento en 1994... Y una nueva caída en el presente: en 1996 la pobreza pasa de 127.000 familias a 141.000 familias, nos dice el periódico La Nación del 30 de enero último, sin que los augurios para 1997 sean nada halagüeños. De nuevo disminuyen los salarios reales y el desempleo llega a la máxima expresión de los últimos diez años (6.2%). La pobreza enfrenta a los políticos, señala la prensa, al tiempo que destaca sus contradicciones. Pero la realidad no puede ocultarse: de nuevo aumenta la pobreza, se contrae la actividad económica, se reducen los salarios reales y aumenta el desempleo.

Y en tanto la discusión arrecia, sobrecoge enterarnos en las noticias diarias, a la par de una serie de hechos sangrientos y delictuosos que nos alarman a más y mejor, que un niño de siete años salió a vender rollitos de culantro en una población rural, para ayudar a mantener a su familia, y dos niños de similar edad, lo asesinaron brutalmente para quitarle los ochocientos colones que portaba, producto de la venta del día, dinero que utilizaron para comprar golosinas y llevar algunas cosas, necesarias o no, a sus casas. Un caso actual que habría servido cien años atrás a Monseñor Thiel para golpear de nuevo la conciencia de los fieles.

Las mediciones pueden objetarse, los métodos tergiversarse, pero los hechos ahí están, aunque los gobernantes puedan solazarse pensando en el rey Pelé y en cuantas banalidades se les ocurran para provocar que la gente ignore la realidad circundante.

Es triste pensar que a tantos no les importa el dolor humano cuando es ajeno. Y que parece han caído de nuevo en desuso las prédicas de Pío XI de que en materia económica es indispensable que toda actividad sea regida por la justicia y la caridad como leyes supremas del orden social.