Sucedió en la Universidad Latina, pero no puede cargársele su paternidad. Se ha venido gestando desde hace varios años, pero, como muchas cosas más, se han desdeñado sus eventuales (y muy actuales) consecuencias. De aquella prestigiosa universidad que conociéramos, principalmente a partir de la reforma de los años cincuentas, bajo la guía de maestros como Enrique Macaya, Rodrigo Facio, Carlos Monge, Isaac Felipe Azofeifa, Teodoro Olarte, Constantino Láscaris, Manuel Formoso, Carlos Enrique Vargas, Rafael Lucas Rodríguez, y ¡cuántos más!, queda muy poco.
Degradación. Lo sucedido bajo el pretexto de un “concierto” duele en el alma porque es fiel reflejo del evidente lado oscuro de la sociedad, de la degradación de cierta parte de la juventud y, por supuesto, de la caída de la misma universidad, no de ninguna en particular. Del ente que paradójicamente desdeña, muchas veces, la academia para darle paso a la pachanga. Del lugar donde el silencio y la meditación tienen que enfrentarse cotidianamente al escándalo y al mal comportamiento.
Los jóvenes talentosos, estudiosos, ávidos de cultura son la parte “rara” de la escuela universitaria, y, aunque ellos libran una lucha aislada y silenciosa al abrigo del alma máter, claramente han venido perdiendo sus batallas. Y es que la ausencia de mentores como los citados antes, hace todavía más difícil superar las vicisitudes.
Más de tres décadas como profesor universitario nos permiten ser testigos de lo que relatamos. Mientras una conferencia reúne a menos de una docena de personas, la pachanga no tiene que promocionarse. El clientelismo electoral, tan importante para alcanzar puestos de dirección “académica” superior, es cosa de todos los días. ¡Ese es el ejemplo que muchas veces reciben los estudiantes de sus jerarcas! Para alcanzar fines, los medios poco importan. ¡Esa es también la enseñanza!
Rescatar la academia. Lo sucedido en una universidad es muestra de la decadencia galopante de cierto sector de la institución universitaria; no es la regla, pero ya está dejando de ser la excepción. Lástima que los rectores, de la Universidad Latina, de las universidades estatales y de las 50 privadas, no hayan aprovechado la oportunidad para referirse al trasfondo del asunto.
Aunque hubieran provocado, quizá, reacciones de censura en su contra (como seguramente las podría causar este comentario), habrían contribuido, por su investidura, a enfrentar el grave problema de la academia erosionada, de la academia que ha de ser rescatada, de la academia tantas veces olvidada y casi siempre superada por la pachanga.
¿Se puede hacer algo para revertir este proceso? Sí. Aquel girasol del escudo universitario sí podría florecer a partir del momento en que adquiramos conciencia de nuestras propias responsabilidades y de la urgencia de actuar hoy, porque no es un asunto de teoría esotérica y pensamiento filosófico complejo; se trata de algo práctico, de un cambio de actitud, de retomar una responsabilidad gigantesca con el pueblo costarricense.