Opinión

A rey muerto, rey puesto

Que la fiesta renueve en nosotros la alegría de estar vivos

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En una de esas enloquecidas noches de tormenta en que el cielo se vuelve catarata, la empinada y verde ladera que tengo frente a mi estudio amaneció con el aspecto de una manzana mordida por un gigante. Las aguas habían hozado con avidez el fondo del barranco hasta socavar una porción de la ladera y derrumbarla. El espectáculo era desolador. Raíces desnudas, guijarros sueltos, oquedades aquí y allá daban fe del imponente zarpazo.








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