En una de esas enloquecidas noches de tormenta en que el cielo se vuelve catarata, la empinada y verde ladera que tengo frente a mi estudio amaneció con el aspecto de una manzana mordida por un gigante. Las aguas habían hozado con avidez el fondo del barranco hasta socavar una porción de la ladera y derrumbarla. El espectáculo era desolador. Raíces desnudas, guijarros sueltos, oquedades aquí y allá daban fe del imponente zarpazo.
Pensé entonces que el episodio sería solo el principio de una erosión incontenible. No fue así. El barranco cicatrizó su herida con sucesivas capas de humus, hizo brotar musgos y líquenes en la blanca arena pómez, cubrió esta de verdor y, al cabo, logró regenerar la vida allí donde parecía que nunca habría de regresar.
Veinte años más tarde, nadie podría decir que la ladera sufrió alguna vez un derrumbe ni que el agua dejó allí una cicatriz descomunal. Nada ha cambiado a mis ojos y, con toda seguridad, poco habrá de cambiar en los años por venir. Son otros, es cierto, los arbustos, los bambúes y las flores, pero también son los mismos. Y esto me suele causar una honda melancolía, sobre todo cuando pienso que, dentro de treinta, cuarenta años, el bosque y la ladera seguirán ahí y yo no estaré para verlos, emoción que suelo asociar a la letra de este antiguo villancico:
La Nochebuena se viene,
la Nochebuena se va.
Y nosotros nos iremos
y no volveremos más.
El suceso del bárbaro. Y me digo cuánto me gustaría ser ladera y tener la capacidad de la naturaleza para recrearse y revitalizarse a sí misma. Contemplar lo perenne desde lo efímero, y envidiar lo que permanece, esa condición innata del hombre que le hace tan infeliz, me inclina a pensar que a muchos les sucede otro tanto y que esta es la razón de que las Navidades no sean sus fiestas favoritas. Pues, además de recordarnos a quienes amamos en vida y se fueron, nos advierten que también nosotros habremos de irnos un día. Pero ¿nos vamos en realidad?
Así lo creí por mucho tiempo hasta que el suceso del barranco me hizo cambiar de opinión. El espíritu de estas fiestas me parece ahora, más que un recordatorio de cuán breve es la vida, una invitación a renovar ese verdor vital con el cual recubrimos en diciembre todas las cárcavas, todos los zarpazos y todas las heridas del año. El trópico es el vientre de la tierra, escribió Miguel Ángel Asturias. Y, a decir verdad, uno no puede sino admirar la feracidad de esta naturaleza para renacer y volver a lucir como si estuviera recién creada.
Algo parecido nos ocurre a nosotros. En diciembre nos despojamos de nuestra piel raída por las abrasiones del año y la reemplazamos por otra fresca y sin arrugas. Vertemos vino nuevo en nuestros viejos odres, y bebemos, cantamos y festejamos con la esperanza de que otra luz alumbre nuestras vidas, cautivante simbolismo que es propicio glosar en estas fechas. América latina posee una cultura mestiza que se fecundó en el Sol. Aztecas, incas y mayas veneraban a esta deidad colgada de los cielos que proporcionaba calor, luz y vida, virtudes que en sus días los romanos asignaban así mismo al Astro Rey. De ahí que, cuando Constantino bautizó su Imperio, el cristianismo, haciendo suyo el símbolo, devino una religión solar que habría de manifestarse en esas irradiantes aureolas que despiden las cabezas de Dios Padre, Jesucristo, la Virgen, los santos y algunos objetos de culto, como la custodia.
Encuentro en el sol. América y Occidente no se encontraron, pues, en la isla Guanahaní, sino en el Sol. Por eso, cuando llega diciembre, encendemos toda clase de fuegos, luminarias y candelas. Es el milagro de la luz que vuelve y crece. Por Santa Lucía (13 de diciembre), “comienzan a menguar las noches y a abundar los días”, rezaba el viejo aforismo. Y desde los fogarones que en Guatemala se encienden para purificar el espíritu de basuras, hasta la festividad de la hanukah judía, que evoca la innata capacidad del hombre para iluminar las tinieblas, pasando por los millones de velas que alumbran la Nochebuena cristiana, todo en estos días parece estar vinculado al simbolismo de la luz y de la vida.
Los romanos explicaban esta fiesta con un mito: el del Sol nuevo. El 22 de diciembre comenzaba el solsticio de invierno en el hemisferio norte. Las horas luz aumentaban. Un Sol viejo moría, otro nacía. Y, como a rey muerto, rey puesto, eso había que celebrarlo.
Las fiestas de este Sol recién nacido serían por siglos el recordatorio sutil de que la vida regresa con la luz, por más que nos parezca que la vida se debilita y envejece en nuestro seno. Con el cristianismo, sin embargo, heredaríamos la creencia de que el tiempo es lineal y de que, como decía el villancico, lo que se va ya no vuelve. Pero el tiempo gira eterno, como la Tierra, en torno al Sol, fuente de luz y de vida, sustento de la naturaleza. Y no siendo ajena a esta, la vida humana continúa siempre ahí, frente a nosotros, renovándose, volviendo sobre sí misma, como volvió en la ladera herida por el aguacero.
No volvemos, claro está. Pero quizá sea propio decir que no nos vamos. Seguimos vivos en la memoria de nuestros hijos y en la de los hijos de nuestros hijos, como nuestros padres y abuelos siguen vivos en la nuestra. Y esto hay que celebrarlo. No hay antídoto más eficaz contra esa melancolía dulzona que nos empapa estos días, ni reacción más humana que festejar a modo de burlón reproche, copa y espíritu en alto, la intransigente brevedad de la vida.
Así pues, mudemos la abrasada piel por otra más lozana. Vertamos un nuevo vino en nuestros odres ajados. A rey muerto, rey puesto, ¡qué demonios!, y que la fiesta nos renueve la alegría de estar vivos.