Diciembre ha sido pródigo, entre nosotros al segar a más de un patriarca: también al Dr. Guillermo Ortiz Guier. Tuve el privilegio de conocerlo en su largo otoño; sin embargo, cuando lo llevaron al Blanco Cervantes, supe que había perdido a un amigo, porque desde entonces le faltaba esa viveza y ese don de la palabra que yo tanto le admiraba.
En lo médico, fue original desde múltiples puntos de vista. Uno se pregunta qué lo motivó a abandonar una brillante carrera de cirujano, para la cual, después de sus estudios en México, se había preparado en Chicago y en Nueva York. Su profunda vocación humanista lo pudo haber empujado. Después de su servicio social obligatorio en Palmares, optó por el camino más áspero y menos remunerado de la salud pública.
¡Todo un ejemplo, justificación de lo que a muchos más debería contagiar, positivamente, con materias como los “Estudios Generales”!
No solo esa generosidad del alma, ese desprendimiento profundo del dinero, lo caracterizó; también se mostró renovador en lo metodológico: desde la década de los cincuenta, antes de los notorios logros de la Revolución cubana en salubridad pública, vemos cómo “patentó” un enfoque copernicano: al revés de la tan inveterada pirámide con el galeno en la cúspide, impuso una filosofía y una práctica de “equipo de salud”.
Este se adentraba hasta en remotos rincones de varios cantones alrededor de San Ramón.
Orgullo nacional. Por sus altos índices en salud, constituyó orgullo nacional, confirmado con diversos altos premios internacionales. Pilares fueron, entre otros, Raúl Delgado y Jaime Serra, a quienes también tuve el privilegio de conocer. Mutatis mutandis, algo tiene el asunto, de antecedente de nuestros actuales Equipos Básicos de Atención Integral en Salud (Ebais).
Salto aquí directamente al poeta, porque no me extrañaría que aquella hermosa metáfora del “Hospital sin paredes”, nombre bajo el que, durante décadas, se popularizó el experimento, la inventara don Guillermo. Esa otra faceta, la lira, la heredó de su padre Rafael. Aparte del estetoscopio, la utilizó como increíble instrumento. Que me perdonen, pero de sus múltiples publicaciones que le conozco a ese moderno trovador, entre otros su Epopeya ramonense , no creo que a la larga quede mucho en antologías poéticas, aunque cosechaban vibrantes aplausos en cantidad de recitales suyos: recuerdo por ejemplo justamente el soplo épico con que evocaba a Quijotes nacionales, como Juanito Mora y Jorge Volio. Pero lo curioso y muy rescatable, es que de este modo reforzaba y transmitía mejor sus ideas de prevención. En un solo saco poético provocaba brisas de entusiasmo para la patria y por la salud. No de otro modo se explica que durante días antes e inmediatamente después del sepelio, por cartelones, afiches, gestos diversos, se comprobara cuán agradecida y motivada sigue estando su gente en esos cantones y en la comunidad nacional. Me llaman más la atención esos reconocimientos espontáneos que los relativamente tardíos que hubo, en el plano oficial. Difícil encontrar un parangón para este poeta-médico.
En tercer lugar, deseo elogiar al hombre que conocí más de cerca, y durante décadas, casualmente en varios y curiosos nexos con Bélgica. También salvando distancias, veo primero don Juan Guillermo, a su manera, prolongando la estirpe de los grandes, como Calderón Muñoz y Calderón Guardia, casualmente formados en el pequeño país europeo. Si bien el Dr. Moreno Cañas no estudió allá, algún nexo tenía con él y desde luego que gente que vio la película sobre este mítico médico compare con lo que no pude creer, pero comprobé con mis propios ojos: después de la ceremonia religiosa, pancartas y fotos del galeno prefiguraron una especie de beatificación de su persona, casi como un Padre Damián lego. Me impresionó. Luego, tuve el privilegio de trabajar numerosos sábados con el Doctor, en su casa, para seleccionar y ordenar una cantidad no menospreciable de pertenencias y documentos de Manuel de Peralta: historia demasiado larga para detallar aquí, pero que remonta a la labor del citado Rafael Ortiz, como abogado en Bélgica, en relación con la herencia del Marqués. A mucha honra, esos elementos figuran ahora en el museo del mismo nombre en el Instituto diplomático, en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Durante esta labor de rescate, el Doctor y yo nos complacíamos varias veces en hablar en francés en memoria de don René Van Huffel, belga aquí, su profesor y de gran cantidad de profesionales de la vieja guardia.
Pese a las limitaciones de Juan Guillermo Ortiz Guier, el hombre, a las que piadosamente aludió el sacerdote en las exequias, nos dejó un verdadero patriarca, aunando esas facetas. Gracias a diligentes familiares y amigos, en su sepelio no faltaron mariposas, pétalos y versos. Para colmo, de repente el cielo se nos puso brumoso espeso, como en su cuna: Cartago.