Digo que aquello sólo al doctor Churnside podía sorprender, porque un compañero universitario me contó un día de estos quién fue el individuo que casi se despelleja las manos borrando la pizarra. Curiosamente, se trata de alguien a quien el doctor Churnside, a pesar de conocerlo bien, le brindó irrestricto, leal e incondicional apoyo para llevarlo a ocupar una alta posición académica desde la cual hizo despliegue de una mezcla de incompetencia, intemperancia y arbitrariedad que casi llevan al colapso a la Universidad de Costa Rica.
Valiente pleito. Y no dejo de recordar que, recientemente, el doctor Churnside nos mantuvo informados de su infructuoso pero valiente pleito con la administración de un supermercado en el que le vendieron unos cocos podridos y luego no le quisieron reintegrar lo que había pagado por ellos. Aun cuando en este asunto le di la razón al sufrido cliente -es decir, a don Róger-, en todo momento pensé que tal vez él había fallado en algo: o bien no sabe distinguir entre un coco bueno y uno malo -lo cual es bastante extraño en alguien que nació en Bluefields, y sería lo mismo que un alajuelense como yo no distinguiera entre un mango bueno y uno engusanado-, o bien sale a comprar cocos "a la bulla de los cocos".
De toda forma, fue muy cauto el catedrático Churnside al no mencionar nombres y, sobre todo, al ir a buscar la moraleja en el Antiguo Testamento. Por mi parte, no me voy a poner bíblico y me limitaré a señalar que la posibilidad de que le metan a uno mercadería en mal estado no se da únicamente en los establecimientos comerciales. También en la política universitaria, debemos admitirlo, es peligroso comprar, cocos o lo que sea, a la bulla de los cocos. Me imagino, dicho sea de paso, que esta prevención es también aplicable a la política nacional en la medida en que tanta gente va a las urnas a votar a la bulla de... las anonas.