Hoy gozo la vida. Disfruto sus retos, las oportunidades que me presenta y las recompensas y satisfacciones que me concede.
También, la incertidumbre, sin la cual nuestra existencia terrenal carecería de la constante pregunta de qué nos deparará el mañana. Y es esa incógnita el motor de grandes empresas y realizaciones.
A veces, consumidos de lleno en el quehacer del día a día o porque simplemente nos parece sin trascendencia, no meditamos sobre el valor de la vida, sobre ese hálito que el Supremo Hacedor nos insufló.
Quizás, y como parte de nuestra imperfección humana, necesitamos enfrentar un momento crítico, una prueba in extremis, para comprender todo cuanto representa aquello.
Hace 25 años, exactamente hoy, volví a vivir. De pronto, cual si me estuviesen apuntando con un arma, me encontré cara a cara con la muerte. Fueron segundos, o a lo sumo unos pocos minutos, durante los cuales tomé conciencia de la pequeñez del ser humano.
“Estamos sin motor. Prepárense para un aterrizaje de emergencia”, nos dijo el capitán de aquel monomotor Cessna a sus tres pasajeros.
Volábamos sobre la costa del Caribe de Honduras, adonde habíamos viajado a hacer un reportaje sobre el éxodo de miskitos nicaragüenses durante el régimen sandinista. Era mi estreno como enviado al exterior... Sin duda, inolvidable.
Lo que siguió hasta el aparatoso contacto con tierra (la aeronave dio una vuelta de campana y terminó con el tren de aterrizaje mirando al cielo), constituyen los momentos cuando me he sentido más impotente, consciente de la alta probabilidad de morir y, muy de verdad, aferrado a lo que Dios quisiera hacer por nosotros.
Salimos ilesos, sin un rasguño, para respaldar esta historia.
Desde entonces, cada vez que veo a Dios manifestarse en los celajes de un atardecer, en el extraordinario y nunca igualado laboratorio de una hoja, en la maravilla de un bebé, en el genio creador de un Fidias, Beethoven, Mozart y muchas expresiones más, cobro conciencia de cuánto me hubiese perdido si mi suerte hubiese sido otra.
Incluso, de congojas, tragos amargos y otras situaciones que no son gratas, pero que son parte de la experiencia humana.
Solo Dios sabe por qué me dio otro chance. Espero no estarlo defraudando. Amén.