Hace algunos años, 1984, el día 2 de julio fue declarado Día del Filólogo.
Como el término ‘filólogo’ es fecundo, se sigue todavía en el debate, casi bizantino, sobre su más adecuada interpretación, traducción, y ubicación en el espectro de las Humanidades. Debe recordarse, además, que las Ciencias y las Filosofías plasman su esencia conceptual por medio de la palabra.
Por la cultura. Las razones para esa decisión, rubricada por la entonces ministra interina de Cultura, Juventud y Deportes, Inés Trejos de Montero, son las siguientes:
“La Filología reconoce que la lengua expresa la nacionalidad, por cuanto el idioma es portador de cultura.
El estudio de la Filología contribuye al conocimiento esencial de lo que somos desde el punto de vista personal, social e histórico.
La Filología es una profesión que exige, de quienes laboran en este campo, profundidad científica.
La Filología es una profesión que ha producido valiosas investigaciones en literatura y lingüística.
La Filología ha dotado de su propio aparato crítico a los profesionales que se dedican a ella, para bien de las letras costarricenses.
La Filología se propone formar y orientar a las diversas generaciones en el culto al buen uso del idioma.
La Filología ha incrementado la pericia artística de los creadores que, a su vez, son profesionales en esta rama”.
En la actualidad costarricense existe una “Comisión Nacional para la Defensa del Idioma” (sic), creada por la ley 7623, de octubre de 1996, y reformada por Sala Constitucional, en 1999, denominada “Defensa del idioma español y lenguas aborígenes costarricenses”.
Esta Comisión está en el proceso de edición del primer boletín y ya se abrió el Primer Certamen Nacional de Ensayo. Su tema: “El valor de nuestro idioma”.
Quienes tengan preguntas, comentarios o sugerencias para la Comisión pueden dirigirlas a los correos electrónicos celmmadi@racsa.co.cr o rolzamora@hotmail.com o al despacho de la señora Viceministra de Cultura, achave@racsa.co.cr.
Andrés Bello.Cierro estas reflexiones sobre el Día del Filólogo con un fragmento de la obra de mi exprofesor don Manuel Alvar, “La Lengua como Libertad” (1982), en la que destaca la labor lingüística del venezolano Andrés Bello.
“Bello había conseguido, él solo, lo que era el postulado inicial de su trabajo: salvar la unidad de la lengua. Vinieron después dudas y vacilaciones, polémicas y temores. Ahí siguen todavía. Pero lo que Bello nos legó a los hispanohablantes de ambos continentes fue una gran lección de esperanza. Y eso ha venido a confirmar ese menudo estudio de variantes, no todas ni siquiera en todos los dominios de la lingüística. Estas muestras de apariencia oscuramente erudita han probado la grandeza de su alma y su fe en el futuro de nuestra lengua. ¿Buscaremos más lecciones?”.