Los "niños del milenio" saltaron al planeta Tierra cuando millones de miradas se fijaban en el reloj en aquel momento mágico: 00 horas del 1° de enero del 2.000.
Yo, como periodista asignada a un trabajo de medianoche, solo tenía la intención de ver, sentir y gozar de tantos alumbramientos juntos.
El mundo entero dio por un hecho que el siglo llegó al mismo tiempo que el año 2000 y en ese preciso momento la pareja abrió los ojos : Axel Arias Agüero y Lisette del Milagro Porras Chinchilla.
Puede que otros nombres se hayan añadido a la lista oficial de nacidos entonces, pero estos dos fueron los protagonistas del relato que La Nación publicó en la memorable edición en la que recogió lo que el mundo vivió aquella noche.
Un año después se hacía imperativo saber lo que ha sido de esos pequeños para continuar la historia que comenzó rodeada de pompa y circunstancia, en la maternidad del hospital Calderón Guardia.
Y como en toda historia de la vida real, hubo un principio feliz y un doloroso final.
Vida por delante
Axel fue el primero que conocí en el tiempo, cuando llegó aquí en medio de los dolores del parto de la madre. Por eso también fue al primero que busqué un año después.
Mi corazón palpitó más rápido cuando lo vi. Lo miraba y lo volvía a mirar. Pude reconocer en él los rasgos que grabé en mi mente cuando vino al mundo, pero ahora un par de colochos rubios caen sobre su frente.
Gatea, sin caminar; balbucea las primeras palabras. Tiene cuatro dientes y ya come de todo.
La verdad es que este "niño del milenio" tuvo todo lo que necesitó en su primer año de vida. Las casas comerciales que le hicieron promesas al nacer han cumplido.
Los alimentos Gerber lo nutrieron después de seis meses, cuando se supone que acaba la lactancia materna. Su madre, Noeli Arias, acaba de retirar la última remesa.
El jabón Ideal le entregó ¢200.000, además de la cuna, el encierro, un portabebé, la silla de comer y el coche, con el que lo pasean por la calle de tierra que pasa frente a su casa.
Huggies le dio pañales durante tres meses, y Kodak le regaló una cámara y una plaquita conmemorativa del acontecimiento.
Como ocurre en la vida, le han pasado cosas buenas y malas.
Entre las primeras, además de los regalos mencionados, está el hecho de que su padre lo haya reconocido y ayude a su mantenimiento.
Gracias a ello ahora tiene otro apellido, y es conocido dentro de la sociedad civil como Axel Ramírez Arias.
Lo malo es que la madre no trabaja, porque tiene que cuidarlo y se sostienen con lo que gana la abuela en las cogidas de café. La casa que habitan, en Villas de Ayarco, Curridabat, deja pasar la luz, la lluvia y el viento. Muy limpia toda, muy pobre.
En medio de las privaciones, Axel es una promesa porque la escritura del guión de su vida aún está pendiente.
Es un recuerdo
A mi "niña del milenio" la busqué con afán, porque no había información concreta sobre la residencia de sus padres. Solo supe que vivían en Pérez Zeledón.
Fui al caserío Baidambó, un asentamiento del Instituto de Desarrollo Agrario (IDA) y, después de preguntar una y otra vez por su padre, José Luis Porras, y de contar las circunstancias del nacimiento, llegué a la casa.
Humilde pero preciosa, pintada de blanco y rodeada de flores. El piso reluciente y la madre, Anais Chinchilla Porras, en la puerta, con el afectuoso "pase adelante y siéntese" de la gente del campo.
Igual que a Axel, tenía ganas reales de verla. Por eso rápidamente pregunté por ella, pero recibí una respuesta que no esperaba, que no imaginaba y que me dejó sin reacción un buen rato.
Lisette del Milagro no logró el milagro de la vida y se fue, asida a un sueño, al noveno día de enero. Padecía una malformación en el intestino, de la que fue operada a los tres días de nacida, pero sobrevino una infección que no pudo superar.
La madre cuenta la historia con resignación y, mientras a nosotros nos dobla el abatimiento, ella demuestra una gran fuerza interior para referirse a su sufrimiento y a la manera como se puede salir del abismo para ayudar a los demás.
Una hora en esa casa sirvió para sanear sentimientos e intentar sondear los misterios divinos. Los "niños del milenio" habían sido mi símbolo de una promesa de vida que se abría, como una ventana llena de esperanzas, solo para ellos. En cambio yo, únicamente testigo, merecí vivir un año más.