Son las 8 a. m. en el centro de Cartago. Decenas de personas hacen fila en la terminal de Lumaca para tomar el bus hacia San José, mientras otros corren para alcanzar el tren.
Algunos miran el reloj, a la espera de poder abordar y llegar a tiempo a sus trabajos o clases universitarias. Otros avanzan lentamente en la fila y, cuando al fin logran un campo y el bus arranca, saben que les esperan presas kilométricas a lo largo de la ruta. Para miles de pasajeros, salir o entrar a Cartago cada día implica un calvario.
Solo en la ruta 300 entre la Vieja Metrópoli y San José, la empresa autobusera Lumaca moviliza alrededor de 17.000 pasajeros al día. En tanto, el servicio que brinda el Instituto Costarricense de Ferrocarriles (Incofer) se ha convertido en una de las principales alternativas de transporte para quienes buscan evitar los retrasos por carretera.
Experiencia de los cartagineses
En la parada de Lumaca, Georgina Odio, farmacéutica de 70 años, espera su bus hacia San José. Como otros usuarios, asegura que el transporte muestra una desmejora.
“Yo tengo más de 20 años de vivir en Cartago y he pasado por todos los transportes. Antes no teníamos tantos problemas. Pero en el último par de años el servicio se ha deteriorado bastante”, comentó a La Nación.

Una opinión similar tiene Michael Doren, estudiante de Ingeniería Química de 31 años, quien utiliza los buses de Lumaca al menos tres veces por semana. Según dijo, el estado de algunas unidades también impacta la experiencia durante el viaje.
“Es algo regular ver cucarachas en los buses. Dejé de montarme en el lado de las ventanas porque en cualquier bus y a cualquier hora veía cucarachas. Solo en las unidades nuevas no llegué a ver hasta ahora”, relató.

El tren, pese a ser una alternativa, tampoco escapa a los problemas. Yendry Araya, artista plástica de 24 años, asegura que en horas pico los vagones suelen viajar completamente llenos.
“Yo solía viajar muchísimo en el tren de las 6:55 de la mañana. Muchas veces ponían el tren con menos vagones y vi gente que se quedaba afuera porque era tantísima la cantidad de personas y tan poca la capacidad que no podían entrar”, afirmó.
Araya sostuvo que el viaje puede convertirse en un calvario debido a la saturación de los vagones. Según explicó, las personas van chocando unas con otras, en ocasiones falta ventilación y muchos deben viajar sin poder sostenerse de las manillas o tubos.
Indicó que por viajar en tren ha desarrollado ansiedad ante tantos ruidos y estímulos. “A veces uno ni siquiera tiene una ventana para ver hacia afuera y distraerse del montón de gente”, afirmó.
Recorrido de La Nación
Para comprender cómo se vive este recorrido cotidiano, La Nación realizó un viaje tanto en buses de Lumaca como en el servicio de tren que conecta San José con Cartago.
La travesía en bus comenzó a las 8 a. m. en la parada de buses de San Pedro. Al abordar uno de los buses azules —de los más antiguos de la flotilla— se observaron ventanas sucias, restos de comida en las rejillas detrás de los asientos y chicles pegados en varias superficies.

Los asientos presentaban manchas en la zona del respaldo para la cabeza y algunos no contaban con las rejillas portaobjetos. Durante el recorrido también se observó a pasajeros viajar con los pies sobre los barandales destinados para sujetarse.
Del lado del conductor, no funcionaba la pantalla que permite monitorear cuando un usuario solicita bajarse por la puerta trasera.

El contraste con las unidades más nuevas resulta evidente. En estos autobuses los asientos y las ventanas se observan limpios y el ambiente dentro de la unidad resulta más agradable.

Entretanto, el recorrido en el tren comenzó a las 5 p. m. en la estación al Atlántico, en San José. En horas pico, para abordar los vagones, las filas de pasajeros se extienden fuera de esa terminal y llegan hasta la acera que está frente al Parque Nacional.

Una vez dentro del tren, el espacio suele reducirse conforme ingresan pasajeros en las siguientes estaciones como la Universidad de Costa Rica (UCR), la Universidad Latina, Freses y Tres Ríos. En esos puntos, los vagones terminan completamente llenos y los pasajeros viajan casi que encima unos de otros.
En algunos trayectos, además, el aire acondicionado no se encuentra encendido, lo que genera una sensación de calor y sofocación entre los usuarios.
Durante el viaje realizado por ese diario, se observó que el personal encargado de cobrar el pasaje solicita a los clientes que hagan espacio dentro de los vagones, aun cuando estos ya se encuentran completamente llenos.

En época lluviosa, que se extiende cerca de nueve meses al año, el tren puede detenerse con frecuencia debido a la falta de fricción en las vías, lo que puede retrasar el viaje hasta por 40 minutos.

A esto se suma que, en ocasiones, vehículos colisionan con el tren en cruces ferroviarios, lo que también genera retrasos en el servicio.

Ante las condiciones de saturación observadas en horas pico, La Nación consultó al Incofer si piensa implementar acciones para evitar que los pasajeros viajen tan apretujados y mejorar las condiciones del servicio entre Cartago y San José. Al cierre de esta edición, la institución no había remitido respuesta.
Preocupación de la Municipalidad
El alcalde de Cartago, Mario Redondo, afirmó que los problemas de movilidad entre la provincia y San José afectan directamente a las personas que deben trasladarse todos los días en ambos sentidos.
“Nos angustia la situación que viven miles de cartagineses que pierden horas valiosas en presas o esperando transporte público. La movilidad es fundamental no solo para la calidad de vida de las personas, sino también para la economía”, señaló.
Redondo añadió que el proyecto del tren eléctrico hacia Cartago podría aliviar parte de estos problemas y recordó que el municipio también ha solicitado al Consejo de Transporte Público (CTP) revisar las condiciones en las que opera el servicio de autobuses para mejorar la calidad.
Hallazgos del CTP
Además de las quejas de los usuarios, el CTP ha detectado problemas en la operación del servicio de buses que impactan a los usuarios de Lumaca.
Un informe técnico de ese órgano, adscrito al Ministerio de Obras Públicas y Transportes (MOPT), elaborado en enero del 2025 a partir de denuncias de usuarios, indicó que el cumplimiento de los horarios autorizados en la ruta 300 alcanzaba apenas un 69,32% en promedio. Además, el estudio determinó que la empresa operaba con poco más de la mitad (52,26%) de las unidades autorizadas.
El documento también señaló que, de 98 buses inspeccionados, 62 presentaban defectos físico-mecánicos, mientras que 35 se encontraban en el taller y solo una unidad no registraba observaciones.
Con base en esos hallazgos, el Consejo ordenó a la empresa subsanar las deficiencias detectadas y mejorar la operación del servicio.
Al respecto, el gerente de Lumaca, Manuel Leitón, aseguró a este diario que la empresa mantiene procesos constantes de mantenimiento y limpieza en sus unidades.
“Mucho de lo que se da es por la percepción que tienen los usuarios y por lo que se dice en redes sociales. Puede ser que en algunos momentos haya ocurrido algún hallazgo en carretera, pero eso no quiere decir que sea la constante”, afirmó.
Según Leitón, los buses reciben limpiezas rápidas cuando llegan a las terminales y fumigaciones periódicas para el control de insectos. Además, indicó que la acumulación de basura dentro de las unidades también responde al comportamiento de algunos pasajeros.
El gerente cuestionó la redacción alarmista de los informes del CTP sobre la flota. Afirmó que varios de los defectos señalados corresponden a fallas menores que ya fueron subsanadas.
En este artículo colaboraron con información las periodistas Jailine González y Mónica Cerdas.
