Don Pepe lucía muy solo mirando al sur desde su pedestal en la Plaza de la Democracia, mientras las calles aledañas al Museo Nacional hormigueaban de policías.
A qué tanto afán si el Parlamento por dentro pintaba a funeral -esperamos que no presagie entierro de buenas intenciones-: sí hubo mayo negro pero en el vestuario, que no bajó del gris oscurísimo al negro más abismal en los padres y madres de la patria cuyas rayitas eran de toda laya y saya: las mujeres también se rayaron las faldas.
Al frisar las tres de la tarde, con las tripas protestantes y los ojos adormilados, los nuevos parlamentarios lamentaban acaso el tiempo que ellos mismos robaron en la sesión inaugural. Si por la víspera se saca el período de cuatro añotes, Dios nos los confiese a todos y a cada uno para que logren aprobar sus lustrosos proyectos antes de 2002.
-¿No lo hemos visto por aquí antes?... La sonrisa intrigosa de Constantino Urcuyo volvía a aparecer por los pasillos cercanos al plenario. "No hay manera de sacarte de aquí", le dijo Rafael Villegas, presidente del TSE, al hoy exdiputado, quien comentaría el discurso presidencial para Canal 7.
A paso de hambre salieron los progenitores de la patria al receso y almuerzo mientras por ahí relumbraba un atuendo que no venía al caso: el afrocaribeño de la escritora Eulalia Bernard. Algunos diputados, de los que se perfilan como posibles estrellitas, caían al paso en las redes de los micrófonos; pudimos ver en el trance a Sonia Picado y a Wálter Muñoz.
El plenario a solas flameaba alfombras nuevas y los retratos de Juan Mora Fernández y el padre Florencio del Castillo bizqueaban a la espera de sorpresas en el nuevo Congreso. No aparecieron por ningún lado los jarrones de porcelana con piernas, digo, conejitas, digo ujieras. Discretos, realizaron sus labores los ujieres de siempre con los rostros frescos y los trajes grises.
-¿Se escapó del almuerzo, don Abel?, le preguntamos al diputado socialcristiano, de visita en la barra de prensa.
-Vine a telefonearle a una hija que viene llegando de México.
-Y qué, don Abel, ¿cuáles son más locos: los de aquí o los del Psiquiátrico?
-Los de aquí... Hace muchos años yo vine como tres veces con los pacientes del Chapuí; la primera vez no los dejaron salir y nos escapamos por la puerta de atrás: vinimos con pancartas a pedir plata para un nuevo edificio, el de Pavas; los enfermos se portaron de lo más bien y lo conseguimos.
Por la barra también se dieron la vueltica el anaranjado José Merino y el socialcristiano Jorge Eduardo Sánchez, quien casi se queda a vivir allí.
Volvieron los dipus al plenario -panza llena, el corazón ya podía seguir contento y ungido: "nadie nos baja de aquí en cuatro años". Ayer, no creían en nadie..., bueno sí, en ellos mismos: falta que nosotros creamos.
Por un momento, todo se paralizó en una imagen instántanea vista una y mil veces, y en esa toma, tan solo se movía la figura de un policía en el tejado del Museo Nacional. Cuando volvieron a animarse, los diputados se pusieron sus nuevos rostros plenarios.
Se aclara la voz Luis Fishman y regala este botón retórico: "Por favor, vamos a proceder a iniciar la sesión solemne."
Durante el desfile de distinguidos, llaman la atención la ausencia del embajador estadounidense y el saludo espontáneo de Justo Orozco a monseñor Arrieta... Para que no digan...
En ese oscuro paisaje diputadil los desfilantes y luego sentados persisten en el monótono blanquinegro, hasta que un fulgurante verde botella de la magistrada Zarella Villanueva ilumina el recinto. Arriman variantes el azul marino de Rebeca Grynspan y el gris perla de la Primera Dama, quien logra darle vuelta a la tortilla del uso decorativo de la figura femenina, ingresando a la curul como personalidad de hecho y trecho, mientras su suegra, doña Karen, observa los toros desde la barrera.
Uno que otro esmerado funcionario clavó pico pero la mayoría siguió atento el discurso del Presidente, quien culminó sin un sollozo: el presidente José María Figueres ya no llora.
En la Plaza de la Democracia, don Pepe de bronce no se siente tan solo: se vuelve hacia el Parlamento y guiña un ojo.