París. La famosa Torre Eiffel de París, el monumento más visitado del mundo, creció más de cinco metros esta semana, gracias a una nueva antena de radio y televisión instalada en su cúspide, la que la hizo aumentar de 319 a 324 metros de altura.
La "Dama de fierro", como la llaman los parisienses, recibe anualmente la visita de más de seis millones de turistas, los que hacen largas colas durante todo el año para subir a sus tres plantas, que albergan el elegante restaurante Julio Verne, un cine que relata la historia de su construcción y un pequeñísimo museo de cera, donde figura su creador, el ingeniero francés Gustavo Eiffel, instalado en su oficina estudiando sus planos.
Inaugurada el 31 de marzo de 1889 como la máxima atracción de la Exposición Universal de París, la Torre era en esos momentos el edificio más alto del mundo, con sus 300 metros de altura, coronado con una gran bandera francesa -excepto los días de viento fuerte , que medía otros 12 metros.
En 1929, con la construcción del rascacielos Chrysler de Nueva York, siete metros más alto que ella, la Torre perdió su liderazgo, sobrepasado a su vez después por varios otros edificios como la Torre CN de Toronto (553 metros), la Ostankino de Moscú (540) y otros rascacielos norteamericanos y asiáticos.
La historia de la Torre Eiffel, monumento que es propiedad de la Alcaldía de París, está saturada de anécdotas e historias diversas, que van desde suicidios, pruebas de los primeros paracaídas, rodaje de una película de James Bond, hasta un serio intento por venderla de parte de un osado delincuente.
En 1925, el elegante y mundano estafador austrohúngaro, Víctor Lustig, quien se hacía llamar "El Conde", logró dar el "golpe de su vida", vendiendo la Torre a un ingenuo negociante de chatarra.
Gracias a un falsificador consiguió varias hojas en blanco, sobres y matasellos con el encabezamiento de la Alcaldía y citó por escrito a los cinco más importantes comerciantes de chatarra del país, para proponerles un fabuloso negocio que exigía el máximo de discreción.
Cuarenta y ocho horas después recibía cinco sobres sellados con proposiciones de compra. Solo se interesó en la de quien pensaba que caería más fácilmente en sus garras. Lo citó para comunicarle que su propuesta era la que había sido aceptada.
Al día siguiente, el feliz comprador llegó a verlo con un muy abultado sobre con billetes y se puso de acuerdo con Lustig para volver por la tarde a firmar el traspaso oficial.
Cuál no sería su sorpresa al comprobar después que "el Conde" había hecho sus maletas, pagado la cuenta y abandonado el hotel con destino desconocido...