Nada estaba en su sitio. Las canoas de las casas guindando en los cables eléctricos, las latas pegadas en los troncos de los árboles y las ramas en el suelo. Mientras, la gente buscaba sus techos o las antenas del televisor a 50 ó 75 metros de sus hogares.
Este fue el desordenado panorama que quedó tras el tornado que pasó a las 3:30 p.m. por comunidades de Belén, en Heredia, y de San Rafael de Alajuela, donde causó serios daños a por lo menos 65 viviendas, según un recuento preliminar de los comités de Cruz Roja de esas zonas.
Los lugares más afectados son La Ribera, barrio San Isidro y urbanización La Amistad, en Belén, además de algunas casas en calle La Labor. También, el proyecto de vivienda El Futuro en San Rafael.
Hasta anoche un cálculo conservador hablaba de 350 personas -la mayor parte de escasos recursos- que tuvieron que buscar un techo temporal. Sin embargo, socorristas y funcionarios de la Comisión Nacional de Emergencia (CNE) inspeccionaban los barrios para determinar los recursos necesarios para brindar la ayuda y señalar los albergues.
Eduardo Espinoza, de la Cruz Roja de San Rafael, agregó que, por las informaciones recolectadas, se supo que el fenómeno comenzó a moverse desde La Ribera y se extinguió en La Guácima -Alajuela-, es decir, recorrió aproximadamente diez kilómetros.
Incluso, operarios de la torre del aeropuerto Juan Santamaría se unieron a la voz de alarma cuando vieron acercarse el vendabal. Por esta razón, se declaró alerta por condiciones climáticas y se puso en práctica un operativo para asegurar las instalaciones con combustible, ventanas, puertas e incluso aeronaves. La medida fue levantada media hora después.
Pese a la magnitud de la emergencia, no se reportaron heridos de gravedad. De acuerdo con la Cruz Roja, únicamente atendieron cortaduras por clavos o latas, así como muchas crisis de nervios.
La Compañía Nacional de Fuerza y Luz registró, por su parte, entre 15 y 20 sectores sin fluido eléctrico, así como un poste quebrado en San Rafael de Ojo de Agua.
A buscar techo
Muchos de los afectados se vieron obligados a improvisar la mudanza y aprovecharon la bondad de algunos vecinos que pusieron a disposición vehículos de carga, para trasladar sus bienes hasta un sitio más seguro, o al menos con paredes y techo.
"Como tres vecinos pusimos los carritos para jalar la gente y las cosas. Muchos no quieren porque tienen miedo que les roben, a otros los pasamos a la Cruz Roja", explicó Juan Luis Gutiérrez, quien convencía a un anciano de dejar las cuatro latas que quedaron en el suelo.
Gil Hidalgo, de 80 años, insistía en quedarse cuidando las cosas porque, lo mismo que en tres kilómetros a la redonda, no había electricidad y todas sus pertenencias estaban a la buena de Dios.
La casita, ubicada en proyecto El Futuro, también la habitaban su esposa, su hija y cinco nietos, quienes todavía con uniforme de la escuela, echaban todo en bolsas para al menos proteger las pertenencias de la lluvia que amenazaba con caer.
Este proyecto de vivienda, conformado por 194 familias, comenzó hace seis años. Ahora, repentinamente, 30 de ellos deberán volver a empezar, según explicó Nubia Rueda, presidenta de este grupo.
A mal tiempo....
Pero entre tanta confusión y desorden, se colaron también el optimismo y la solidaridad, así lo destacó Líliam Soto, de cuya casa solo quedaron en pie dos paredes.
"Estaba con cinco chiquitos, las dos mías y tres de la vecina. Yo no sé cómo pasó; fue Dios el que nos cuidó. Por dicha, ya vinieron compañeros de mi esposo y familiares a ver qué se puede hacer con lo que quedó", dijo con asombrosa tranquilidad al tiempo que cargaba sus cosas rumbo a casa de sus padres.
Del otro lado de la calle, en urbanización La Amistad, los vecinos miraban boquiabiertos y hacían fila para entrar a dos de las casas, donde aún la luz vespertina circulaba libremente a falta de techo.
En el corredor de la primera de las 54 casas de la comunidad estaba Jorge Eduardo Hernández con martillo en mano, asegurando a todos que aquello más que un tornado fue un huracán.
"No se lo deseo a nadie, a nadie. Yo estaba en la ventana y cuando vi aquello, me metí con mi esposa y los chiquitos en una esquina hasta que pasara", contaba a sus conocidos.
A cuatro pasos, Alejandra Arce y uno de sus hermanitos revisaban si los cuadernos aún estaban completos. En el otro cuarto su mamá batallaba con los pedazos de cemento y el polvo que cubrió la casa sin techo.
Ambas miraban asombradas y sin decir palabra, a la gente que entraba sin pedir permiso -lo mismo que el tornado- para mirar tanta destrucción.
Colaboraron en esta información Adrián Meza y Sandra Zumbado, redactores de La Nación.