
Un sillón enorme, un congelador herrumbrado, el esqueleto de dos lavadoras viejas, tres arbolitos de navidad bien quemados, un inodoro quebrado, latas de pintura vacías, un perro muerto y muchos kilos de pellejos de alguna carnicería, crudos y hediondos.
Si el listado anterior lo hace imaginar un relleno sanitario con sus permisos en regla, está equivocado.
La imagen, con todos sus elementos, está a vista y paciencia de los vecinos de Paso Hondo, en el límite entre Mercedes de Montes de Oca y Guadalupe de Goicoechea, en San José.
Desde hace meses unos 25 metros lineales de chatarra y chunches viejos acaparan casi medio carril de la vía que lleva al complejo deportivo de la Universidad de Costa Rica.
Todo lo que estorbaba en las casas de los propios lugareños o de algún tico con poca educación ambiental aparece cada mañana en ese tramo de nuestro paisaje urbano.
Con el pasar de los días, ninguna de las dos municipalidades se hace cargo del paquete.
La escena probablemente se repite en su barrio, o en muchas de las calles que usted transita cuando va para el trabajo o a su centro de estudio.
La capacidad de los ciudadanos de deshacerse de sus cochinadas donde primero pueden, es palpable hoy más que nunca.
En Tibás, Goicoechea, Moravia, Montes de Oca y San José la basura que no viaja a los vertederos oficiales se queda en calles, quebradas y lotes baldíos, y la capacidad de los municipios para atender el problema es casi nula.
Solo un ejemplo. La municipalidad de San José mantuvo hasta el 2004 un plan de recolección de basura no tradicional en todos los distritos de la capital. Sin embargo, para este 2005 el programa se canceló por falta de dinero.
El subdirector de saneamiento ambiental de San José, David Montero, reconoció que el municipio no cuenta con unos ¢3 millones para cumplir con este plan que se desarrollaba año a año entre los meses de enero a mayo.
Como si no recogieran
En otros casos, como en Goicoechea, el dinero que se invierte en limpiar los botaderos ilegales, es como "gastar pólvora en zopilotes".
El alcalde del cantón, Carlos Murillo, aseguró que las zonas más conflictivas se ubican en Calle Blancos, cerca del Mall El Dorado, y por el estadio José Miguel Coyella Fonseca, en Guadalupe.
"En la esquina del estadio recogemos la basura un miércoles y el viernes ya me encuentro desperdicios otra vez, es una lucha constante", se quejó el alcalde.
Según alegó, los basureros clandestinos son derivados de una actitud cultural.
"Hay gente que le ofrece ¢1.000 a cualquier indigente para que le bote la basura que le estorba en la casa, todo queda tirado en un lote baldío y después el problema es de nosotros, agregó Murillo.
Este municipio gasta unos ¢30 millones en limpiar las calles de chunches viejos.
Un problema similar enfrenta Alajuela, donde el ayuntamiento gasta hasta ¢5 millones en dos jornadas anuales de recolección.
En esos dos días recogen 350 toneladas de desechos, pero eso no garantiza que durante el resto del año el cantón pasará limpio.
El jefe de la unidad de desechos sólidos confirmó que los problemas más graves se presentan en barrios con más problemas sociales o densamente poblados, como Montecillos, al suroeste de la ciudad.
¿Cómo calcularla?
Ni los municipios consultados, ni los rellenos sanitarios capitalinos, han cuantificado cuántas toneladas de chatarra se acumulan en las calles.
Pero para que usted se haga una idea, solo en el relleno sanitario de La Carpio, en La Uruca, ingresan 2.500 toneladas mensuales de catres viejos, sillones, colchones y lavadoras descompuestas y esto apenas contempla a los josefinos.
El resto se acumula en la esquina de su casa o en el río al final de la cuadra.
La solución podría estar en sus manos, si aprende a disponer de los desechos en un sitio adecuado.