
Religiosamente, Armando Rodríguez y Rafaela Arias hacen una visita semanal a su antigua casa en vieja Cinchona, en el distrito Sarapiquí de Alajuela.
Con la puerta principal cerrada con cadena y un candado, la visita no puede pasar del corredor. Eso, según el matrimonio, es más que suficiente para motivarse.
Su vivienda soportó el terremoto de aquel 8 de enero de 2009, pero quedó falseada y con las paredes y columnas reventadas.
Esto los obligó a establecerse en Nueva Cinchona como el resto de los vecinos. El problema es que ellos no logran acostumbrarse.
Para combatir un poco la nostalgia se vienen un día a la semana, y si pueden dos, a la vieja casa.
Traen café, almuerzo y se instalan en una banca del corredor.
Ambos confiesan sentir una gran alegría al estar allí, aunque alrededor solo quedan escombros: los de las casas de vecinos, de familiares, de la escuela y la iglesia.
Allí tienen un terreno de 1.500 metros cuadrados donde el esposo cosechaba fresas durante las vacaciones de fin de año, pues su trabajo principal es transportar estudiantes. “Eso era una extrilla”, explicó.
El terreno no sufrió daños, pero ahora no tiene servicio de agua. Además, como la propiedad pasa sola la mayor parte del tiempo, “todo se lo roban”, afirmó Rodríguez.
Entonces, ¿A qué vienen?
Ella se dedica a deshojar y limpiar matas de lo que fue su jardín. También le cambia las flores a una imagen del Corazón de Jesús que tiene amarrada a una columna de la casa “para que se la cuide”.
“Aquí tengo muchos recuerdos. Me casé (eso fue en 1978), saqué el diploma, aquí tuve mis hijos, ellos sacaron el diploma, hicieron la primera comunión. Son muchos recuerdos”, dice mientras su mirada se pierde en el horizonte.
“Allá es muy bonito, pero cuando termino con los oficios no tengo nada más que hacer. Aquí me siento como un pajarito cuando le abren la jaula”, narró sonriendo.
Esta alegría efímera alivia las secuelas del terremoto, pues a veces sueña con ríos que bajan sucios, derrumbes y árboles caídos.
“Jamás me imagine que donde viví tantos años nos fuera a pasar esto”, expresó.
Para su esposo, la visita a su vieja casa también es una liberación.
“Uno disfruta aquí. Es que allá (Nueva Cinchona) las casas son bonitas y todo, pero uno pasa como estresado porque no está acostumbrado a vivir así: ‘pegado con el vecino’. manifestó
“Aquí tenía gallinas y perros y allá solo se puede tener un perro, y amarrado”, dijo Rodríguez.
