Disparate es un término de la lengua castellana que forma parte de la lista de mis vocablos favoritos. Lo mismo pudo haber sido desatino, dislate, despropósito, contrasentido...; pero uno a veces elige las palabras que utiliza sin una lógica definida, con un sentido de intuición, de instinto ciego, como la preferencia por un color, una bebida gaseosa o el número de la lotería (que después nunca sale).
Durante casi veinte años, en mis funciones docentes en Costa Rica, he sido fiel usuario del susodicho término cada vez que las circunstancias han dado pie para ello. De hecho, nunca cruzó por mi mente la menor idea de que mis alumnos universitarios no comprendieran el significado de disparate. ¡Crasa ingenuidad la mía! Un buen día, no hace mucho tiempo, un aplicado estudiante me pidió, tímidamente, que le explicara qué era ese disparate que yo mencionaba a menudo. Extrañado, pregunté a mi grupo de treinta alumnos --casi todos iniciaban sus estudios en la universidad--: ¿Quién de ustedes desconoce el significado de disparate? Treinta manos se alzaron al unísono sin recato alguno. Me parecía increíble.
Decidí entonces hacer una sencilla encuesta entre esos estudiantes (prueba que repetí con otros grupos y en otras universidades). Les pedí que escribieran en una hoja de papel, sin nombre, el significado de las siguientes palabras: pesquisa, aciago, pusilánime, acuñar, discernir, epitafio, edicto, argucia, borrasca, terruño, tenue, mesurado, infausto, mezquino, desdeñar. El resultado general fue de pesadilla: ¡todos los papeles en blanco!
¿Qué ocurre? ¿Está la cultura de la imagen desbancando hasta tal punto a la cultura de la palabra? ¿Conoce el MEP --mientras anuncia, con bombo y platillos, una nueva era de escolares bilingües-- el raquitismo léxico, en su propio idioma, de nuestros jóvenes?