El presidente venezolano, Hugo Chávez, no ha sabido lo que es perder una elección. Después del triunfo de 1998 que lo llevó a la presidencia, se sometió a la voluntad popular dos años después para recibir un nuevo aval al amparo de la “constitución bolivariana”, que impulsó al inicio de su gestión.
En el 2004 enfrentó a la oposición en un referendo revocatorio, que también ganó ampliamente.
De ahí que nadie se sorprendió que este coronel paracaidista de 52 años volviera a ganar en las elecciones presidenciales de ayer.
Sus simpatizantes lo ensalzan como el gran defensor de los pobres, mientras sus detractores se preguntan hacia dónde lleva al rico país petrolero con su proyecto de “socialismo del siglo XXI”.
Carismático y de verbo encendido, es difícil permanecer indiferente ante una figura como Chávez, que se declara amigo y admirador del líder cubano, Fidel Castro, mientras a George W. Bush, presidente de Estados Unidos, lo llamó “el diablo” ante la Asamblea General de la ONU.
Sus detractores le achacan un creciente control sobre los poderes públicos y desconfían de sus planes de reformar la constitución para permitir su reelección indefinida. Chávez hace a un lado las críticas.
“A mí me llaman dictador y yo me río. ¿Yo dictador? Aquí nunca antes hubo más libertad”, dijo.