San Isidro de El General (Pérez Zeledón). Fueron 25 años de trabajo que Reynaldo Campos Monestel vio consumirse en tan solo 20 minutos. Las llamas del mayor incendio que los lugareños recuerdan consumieron su Relojería Campos, y con ella su única fuente de ingresos.
Mientras Reynaldo registraba entre las cenizas, al lado, Carlos Navarro Zúñiga lamentaba la pérdida total de su carnicería, "ni la urna se salvó".
Ellos son solo dos de los nueve propietarios afectados la noche del martes cuando el fuego consumió casi media cuadra, a solo 50 metros al oeste del parque central de San Isidro y causó pérdidas superiores a los ¢80 millones.
Desde que se dio la alerta -a las 8 p. m.- hasta 50 minutos después, los cinco bomberos titulares de la estación local y los 15 voluntarios que llegaron luego, lucharon para impedir que la deflagración se extendiera a los restantes comercios vecinos.
De ellos, únicamente dos contaban con una póliza del Instituto Nacional de Seguros, pero de muy bajo monto; los restantes negocios carecían de esa protección.
Aunque no faltó el agua, Luis Jiménez, uno de los bomberos, dijo que las paredes de madera vieja y el tipo de productos que había dentro de los locales, principalmente ropa, hizo que las llamas se extendieran en un tiempo corto
Aunque no existía aún una versión oficial, tanto afectados como varios de los bomberos coincidieron en que el fuego inició en el cielo raso de un local. La mayoría señaló que el primer establecimiento en quemarse fue la tienda El Trabajador, en donde pudo haber ocurrido un corto circuito.
¿Y ahora, qué?
Apenas empezó el sol a alumbrar de nuevo ayer, y aún envueltos en una densa nube de humo, la mayoría de los comerciantes que perdieron sus locales llegaron al sitio a ver qué había quedado.
Consumidos en los escombros, algunos sacaban grupos de monedas que no sucumbieron ante el fuego. Otros revisaban los restos de artefactos y utensilios, pero todos insalvables.
"Ya habíamos reforzado la mercadería para diciembre, calculo que solo en eso perdimos más de ¢30 millones", señaló aún compungido Angel Vargas Zúñiga, propietario de la tienda y zapatería El Pueblo. El empleaba a cuatro personas y tenía cinco años de manejar el negocio. Según reveló, su póliza no cubre ni una décima parte de las pérdidas.
La tienda Katty se ubicaba a la par. En su restos, Orlando Araya, su administrador, calculó lo perdido en ¢20 millones, pues no contaba con ningún tipo de seguro. En medio de los escombros halló ¢12.000 en monedas. Otro que reportó pérdidas por más de ¢30 millones en mercadería fue José Joaquín Solís, dueño de la tienda El Trabajador, negocio que llevaba 30 años de operar en ese sitio.
En tanto, Rafael Amador, propietario del Lavacar Lico no se atrevió a calcular el perjuicio económico que sufrió al quemarse la bodega de los materiales que usaba para efectuar su labor diaria que despliega desde hace un año.
Testimonios de los vecinos señalaron que el edificio quemado pertenece en su totalidad a Miguel Ayales Fiat, un empresario oriundo de Pérez Zeledón que reside en San José y quien ayer por la mañana no había llegado allí.