Ayer en la tarde una familia en barrio El Churuco de Santa Cruz, Guanacaste, lloraba la pérdida de su pequeña que hoy cumpliría dos años. Al mismo tiempo, en Llorente de Tibás, un hombre daba gracias a Dios por haber tomado la decisión correcta en el único segundo que tuvo para salvar su vida.
Ambas historias las hizo nacer la lluvia.
Yuliel Alvarez Montiel, la menor de cuatro hermanos, solía divertirse llenando botellas de agua y luego tirándolas al patio.
Pese a su corta edad, un año y once meses, tenía muy claro que era peligroso arrimarse al río. Nunca lo hacía.
Sus papás Yessenia Montiel Jiménez y Alejandro Alvarez Duarte no entienden por qué justo el martes, cuando el río Diriá estaba más crecido que nunca, la niña se le aproximó, resbaló y se fue con él.
Esa mañana todos los hermanos fueron a Santa Cruz a una cita médica.
Al regreso, cada uno se fue a lo suyo y lo mismo Yuliel...se fue a la pila a llenar botellas...pero no duró mucho tiempo allí.
Un vecino descubrió la huella de un un resbalón cerca del río y notó la ausencia de una gran piedra. La historia tomó congruencia, cuando Karina, la hermanita de cuatro años, dijo haber visto a Yuliel caminando hacia el río.
Aparentemente, la pequeña resbaló, cayó sobre la piedra y está fue arrastrada aguas abajo.
"Solo quedaron las chancletitas ahí afuera, se las quitó para ir a jugar con el agua", recordaba su madre que no paraba de llorar.
A las 10:45 a. m. de ayer, cinco minutos después de que suspendieran la búsqueda porque comenzaba a llover, un cruzrojista y cuatro vecinos divisaron el cuerpo de la niña, metido entre las raíces de un árbol, que la misma corriente derribó.
Un sobreviviente
Rándall Salas Vindas volvió a nacer ayer, a los 31 años.
Hace tan solo cinco días compró un vehículo Hyundai Excel a un conocido suyo de Cinco Esquinas de Tibás, hacia donde se dirigía ayer a las 3 p. m. para afinarlo.
Con esa idea salió horas antes de su casa en Río Frío de Sarapiquí.
Dudó si pasar o no por Llorente de Tibás y al final, decidió tomar un atajo por el llamado Bajo Los Rodríguez, cuando aún la quebrada Los Cangrejos, no parecía una amenaza peligrosa.
"Yo vi el montón de agua y pasé porque todavía se veían las barandas del puente. Cuando estaba en medio sentí la presión del agua y pasó una vagoneta que terminó de empujarme", repasaba en voz alta para convencerse a sí mismo de lo vivido.
Al principio creyó que podría pasar e incluso abrió los vidrios para que el agua continuara sin resistencia. Luego, vio las facturas que comenzaban a flotar dentro del carro y sintió como la corriente lo empujaba.
Fue en ese último momento cuando decidió y salvarse, sin volver a ver su carro, que ya iba quebrada abajo.