
Raquel Gólcher B.
Sixaola y Turrialba. A 100 metros del Liceo Académico de Sixaola, Isidro Quintero camina por la calle en busca de trabajo.
El adolescente de 15 años tuvo que abandonar el colegio este año; la difícil situación económica lo expulsó de las aulas.
“Me hubiera gustado seguir, terminé el sétimo año, pero no tenía plata para los cuadernos, el uniforme, los zapatos. ¿Cómo estudiar así?”, se preguntó .
Después de tres semanas de buscar empleo, aún no encuentra, ni en el pequeño mercado, ni en la zapatería ni en la pulpería.
“Yo estoy dispuesto a trabajar en lo que sea, pero no hay dónde”, se lamentó el muchacho, quien es hermano de siete niños más.
Él quiere regresar a las aulas, de allí su frustración por no encontrar empleo.
Muy cerca de su hogar vive Gabriel Jiménez Thomas, de 13 años. Él estudia en el colegio Guabito, fronterizo con Panamá.
Es el mayor de tres hermanos, su papá es empacador y su mamá es ama de casa, el dinero no les alcanza, por eso, después de estudiar, recorre las polvorientas calles de Sixaola para buscar a quién lustrar los zapatos.
“Qué difícil que es estudiar y trabajar al mismo tiempo... Muchas veces he pensado en dejarlo todo, me gustaría solo estudiar”, puntualizó Gabriel.
Marco Vinicio Aguilar, vecino de San Rafael de Turrialba, conoce muy bien lo difícil que es reintegrarse al estudio después de haberlo abandonado un año.
El joven de 14 años cursa el sexto grado en un programa especial de aula abierta que desarrolla la escuela Jenaro Bonilla, en la campiña azucarera.
Allí, jóvenes mayores de 13 años se esfuerzan por terminar la primaria.
“Una vez que termine quiero estudiar mecánica en el Instituto Nacional de Aprendizaje”, dijo.
Él ayuda en su casa con el ordeño de vacas y la fabricación de quesos.